viernes, 11 de marzo de 2022

El pleito que nunca pasó


       

El primer recuerdo del que tengo conciencia sucedió cuando tenía un año de edad apenas. La mayoría de la gente no recuerda nada de esa etapa de su vida así que me considero privilegiado supongo. Pero de ese recuerdo hablaré en otra ocasión. Lo cierto es que recuerdo muy bien toda mi infancia sin embargo, hoy quiero hablar de un hecho en particular.

Era el año de 1993 o 1994, para esa época yo estaba en cuarto o quinto grado de la escuela. Durante los recreos solíamos jugar a muchas cosas diferentes, escondido, la anda, policías y ladrones, mejenga y así… Lo cierto es que ese día en particular, jugando, tuve un problema con Jeffrey, el Chino. Hasta la fecha, no recuerdo bien lo que pasó exactamente. Cuando tocaron el timbre para regresar al aula, ya todos estaban enterados de nuestro altercado. Las clases siguieron normales el resto del día y sin decir una sola palabra él y yo, nuestros compañeros habían iniciado el rumor de “pleito a la salida”. Yo asumí que Jeffrey quería pelear y supongo que él asumió lo mismo de mí. Recuerdo a Esteban Molina metiendo carbón, diciendo que uno había dicho cosas del otro, cosas que nunca dijimos. El hecho es que cuando eres niño, tienes que defender tu honor para no parecer miedoso ante los demás. Así que yo de mi parte estaba dispuesto a pagar el precio de pelearme con el que hasta el recreo anterior era mi amigo, pero que ahora se había convertido en mi más enconado enemigo. Y lo odiaba, lo odiaba con la inocencia con la que puede odiar un niño.

El timbre anunciaba lo inevitable, recuerdo estar recogiendo mis útiles con más paciencia de la normal, mientras mis compañeros parecían hienas al asecho, esperando el espectáculo, como si tuvieran cierto morbo por ver a dos amigos peleando en la calle. Recuerdo que yo estaba muy nervioso, no por miedo sino porque en realidad no quería pelear. No sé si Jeffrey pensó lo mismo. Pero en ese momento la pelea era ya inevitable para ambos. La hombría de ambos estaba en juego, parecía como si ambos no pudiéramos pasar por alto el ultraje recibido durante el recreo. Una vez en la calle, nuestros compañeros hicieron una rueda alrededor de nosotros mientras nos quitábamos los bultos.

Quien alguna vez ha peleado o presenciado una pelea de niños de escuela, entiende que hay ciertos rituales de los que no se puede prescindir. Por eso lo primero es verse a los ojos, dirigirse al otro y empujarse en el pecho mutuamente mientras uno trata de hacer aflorar su aspecto más intimidante. Este mismo ritual lo repetimos Jeff y yo durante varios minutos mientras los demás gritaban y daban consejos de guerra.

El siguiente paso en estas situaciones es dar el primer golpe. Yo esperaba que Jeff lo diera y supongo que él esperaba lo mismo de mí, pero el hecho es que, ninguno de los dos se atrevió a hacerlo. Hasta ese momento, nuestra gran pelea no había ido más allá de unos simples empujones. Luego de unos cuantos minutos de esa danza de guerra y sin decirnos una sola palabra, cada uno recogió su bulto de la calle, se lo puso a la espalda y se fue.

Recuerdo haber tenido a Chuta y a Esteban Arguedas caminando conmigo calle abajo. Mientras que Randall y Pablo lo acompañaban a él.

Al día siguiente, parecía que la pelea era historia ya porque juntos en el recreo, volvimos a jugar. Creo que ese problema entre los dos nos había hecho valorar aún más nuestra amistad. Lo que ambos queríamos era recuperar al amigo perdido apenas ayer. Nunca hablamos de lo sucedido, no hizo falta hacerlo. Es la belleza de cuando eres niño, perdonas fácil y de corazón porque entiendes de alguna forma que la persona lo vale y que no quieres perder a un amigo por un pleito que nunca pasó.

Ahora ya viejos y con una cerveza en la mano, recordamos y nos reímos y creo que ninguno de los dos cambiaría nada de lo que pasó ese día, porque nos hace sentir vivos y es rico reírse a carcajadas con un buen amigo al que, hace muchos años ya, odiamos por un instante solamente.