jueves, 4 de julio de 2024

El televisor a color



         

En mi casa siempre habíamos tenido un televisor a blanco y negro, al menos desde que tengo uso de razón. Era uno de aquellos armatostes enormes e incómodos que se jactaba de ser el principal elemento de nuestra sala. Recuerdo que tenía un par de manijas y unas cuantas perillas. Una para cambiar el canal, otra para ajustar el brillo, otra para poder sintonizar mejor los canales y así evitar que la imagen se corriera de arriba a abajo constantemente. Con todo y todo, el aparato era para mí una maravilla de la electrónica de aquellos días.

Siendo niño, yo era incapaz de entender el funcionamiento de aquel aparato. Tampoco importaba mucho hacerlo, mis hermanos y yo éramos felices viendo fábulas o programas de televisión en las noches. Las caricaturas eran para mí en blanco y negro, porque sólo así los había conocido.

En aquella época, los televisores no tenían control remoto para ajustar el volumen o cambiar el canal así que en mi casa era mi responsabilidad ejercer esas funciones. Yo fui el menor el cinco hermanos, y como tal, me tocaban siempre las peores tareas: hacer los mandados a la pulpería, llevar los platos sucios a la cocina y también, hacer de control remoto a mi familia de manera que, si en mi casa querían ver canal 6, yo estiraba el brazo y cambiaba el canal. Por eso siempre veía tele sentado en el suelo y cerca del televisor, era más fácil así.

Mi familia vivía en una casa esquinera frente a un convento de Monjas en Paso Ancho. Era una casa de muro blanco y verjas rojas, con un jardín que daba vuelta junto con la esquina. Fue en esa casa donde viviría una de las experiencias más memorables de mi niñez, aunque en ese momento no lo sabía por supuesto.

Un día de tantos, mi papá entró por la puerta de la casa cargando una caja de cartón enorme a mis ojos. Por fuera de ella, un dibujo develando su contenido, ¡era un nuevo televisor a colores!

Para un niño de mi generación, un nuevo aparato electrónico en la casa, fuera lo que fuera, era un gran acontecimiento. Este, quizá el mayor de todos, junto con el Atari por supuesto.

Mi papá quitó el viejo televisor a blanco y negro del mueble de la sala y colocó al nuevo Rey de la casa en el lugar donde permanecería por muchos años. Recuerdo que era un televisor Hitachi con cajón de plástico, el botón de encendido era rojo opaco y cuando lo presionabas, una pequeña lucecilla roja quedaba permanente encendida, era mágico realmente. Lo mejor de aquel aparato era por supuesto el control remoto, era un hermoso control remoto color negro con infinidad de botones grises y muchas más opciones que su predecesor, que tenía apenas unas cuantas perillas como ya lo mencioné. Ese control remoto significó, el fin de mis días como el mando a distancia universal de la familia. Fue una doble victoria para mí ese día.

Para ese año, yo había ingresado a Primero de la escuela en la Escuela República de Haití en San Sebastián. Mi vida transcurría entre la patineta y las fábulas de la tarde. Por aquella época, la Unión Soviética se venía abajo y Alemania se unificaba. En Chile terminaba la dictadura de Pinochet y en Nicaragua una mujer era presidenta mientras que, en Perú, era un chino el presidente.


En 1989, apenas un año atrás, la selección de Costa Rica había clasificado a su primer mundial: Italia 90. Recuerdo bien la algarabía en las calles por aquella hazaña, ¡era una locura! Aunque para ser honesto, no recuerdo el partido de clasificación per se, pero eso no importaba, éramos todos de los mismos.

Quizá el Mundial de Italia 90 fue la razón por la que mi papá había comprado aquel televisor, sin embargo, nunca le pregunté. Aquél fue mi primer mundial ya que aún era muy pequeño para recordar el anterior de México 86 aunque por una extraña razón, sí recordaba la canción oficial: México 86México 86


Con aquel televisor, y con toda mi familia reunida en la sala, fue que viví aquel mundial intensamente. Recuerdo vivamente el gol de Cayasso luego de aquel pase de taquito de Claudio Jara. El gol de cabeza de Ronald Gonzales y por supuesto, el más emocionante de todos, el gol de Medford frente a Suecia. 














Quizá la primer gran preocupación en mi vida, fue la lesión de Gabelo Conejo quien había sido uno de los más grandes héroes de aquella selección, junto con uno de los mejores porteros de aquel mundial.

También viví la desesperanza y la ira al vernos goleados en el siguiente partido debido a su ausencia. Quizá esa fue también la primera vez en mi vida que odié a alguien, porque odiaba a Hermidio Barrantes con todo mi ser de 7 años.

Recuerdo mirar por la televisión aquella famosa canción del mundial cantada en italiano, de la que no entendía nada pero que me erizaba los pelos de sólo escuchar. También observé la canción que hicieron con los seleccionados antes de partir a Italia, junto con su parodia la cuál quizá recuerdo más que la original.






Durante los siguientes meses, yo jugaba fútbol sólo en la sala de mi casa todo el tiempo con una pequeña bola alusiva al mundial que terminé de arruinar de tanto patear. Recreaba aquel taquito, aquel cabezazo y aquella corrida, vestido con el uniforme blanco y negro de la Sele que me habían comprado mis papás.

Después de ese mundial, Costa Rica tardaría doce años en regresar a uno. Es por eso por lo que aquel televisor y aquel mundial, se quedaron conmigo durante toda mi niñez y que, ahora siendo adulto y algo viejo, me dibuja una sonrisa cargada de nostalgia en el rostro.

Nunca pude agradecerle a mi papá por aquel televisor, quizá porque nunca había ahondado tanto en ese recuerdo como ahora que me siento a escribir, pero sobre todo a recordar.

Muchos años después, tendríamos nuestro segundo televisor a color en la casa, pero esa es una historia para otro día.