Luego de esa vez y después de muchos años,
volví a sentir lo mismo en Roma cuando visité el Vittoriano, o en Arizona
cuando me senté a la orilla del Gran Cañón, esas quizá son historias para otra
ocasión.
Cuando tienes mucha pero mucha hambre y de
pronto te ponen un banquete en frente, empiezas a comer sin medida ni orden, lo
único que te interesa en ese estado es llenarte la panza con comida. Bueno,
algo así sentí aquella vez. Lo quería ver todo, escucharlo todo, olerlo todo,
probarlo todo. Hasta los perros gringos me parecían increíbles, sólo por ser
perros de Manhattan.
Aquella vez, durante todo el día, sentí un
flujo de adrenalina recorriendo mi cuerpo. No podía creer que estuviera en
todos aquellos lugares que antes sólo había visto por televisión como en la
película de Mi Pobre Angelito.
Creo que aquella primera vez condicionó
para siempre mi vida, al menos hasta el día de hoy porque me gusta llegar a
lugares por primera vez. Sentir de nuevo aquella emoción que sentí subiendo
aquellas escaleras en New York. Ese es uno de los motores para mí: llegar a un
lugar nuevo.
Mucha gente sueña y trabaja para tener casa
propia, carro, un perro y un jardín... yo viajo y sigo soñando con hacerlo y
por eso no puedo parar. Aquella primera experiencia en esa gigantesca ciudad me
enseñó que hay cosas para las que yo no estaba hecho. No es el dinero, la
posición, la ropa o ninguna de esas idioteces, es esa otra sensación la que me
mantiene motivado. Cuando me tiro hacia atrás en un bote para explorar el
océano y descubrir animales nuevos cada vez. Cuando manejo con la ventana
abierta, buscando un lugar sólo para estacionar y quedarme observando el Lago
Erie. Cuando me tiro de un avión o cuando no me alcanza la vista para ver más
allá en las carreteras de Utah. Cuando veo el atardecer desde el ferry en
Ometepe. Cuando miro hacia abajo a la ciudad de Florencia mientras muere la
tarde. Cuando subo a la peñona en Nueva Esparta y recuerdo a mi primo. Cuando
me pierdo por las calles de Venecia o cuando me subo al metro en Barcelona.
Cuando descubro la inmensidad de las cataratas del Niágara o cuando observo por
primera vez la Torre Eiffel. Cuando subo la montaña para ver de lejos el Río
Columbia o cuando descubro la nieve en California. Cuando recorro en globo los
restos de una civilización en México o cuando diviso al imponente Mount Hood en
Oregon. Cuando me paro en la mitad del Mundo en Ecuador o cuando recorro en
teleférico los barrios pobres en Santo Domingo. Cuando camino por horas sólo
para subir a la Gran Colmena en Banff y poder ver Lake Louise dese ahí.
Al menos yo, prefiero seguir descubriendo
lugares y personas nuevas, por eso aún alquilo una habitación y tengo el mismo
carro desde hace años. Quisiera poder dedicarme a eso, pero tengo el trabajo
atravesado en medio porque, aunque me gusta mi trabajo, si me dieran a escoger,
de seguro no lo haría.
Después de esa primera vez en New York, fui
al menos unas cinco veces más y aunque disfruté cada una de ellas, no tuvieron
el impacto en mí como aquella primera vez.
Creo que lo que quiero decir es que las
primeras veces siempre son especiales, todos recordamos nuestro primer beso o
la primera vez que hicimos el amor. Yo por mi parte, supongo que no he madurado
mucho por más que han pasado los años, porque sigo cazando primeras veces,
ansioso, hambriento, intenso y supongo que seguiré buscando primeras veces
hasta que me muera.
Y aunque me la he pasado hablando de mis
experiencias, lo cierto es que cada quien puede agarrar para su saco. ¿Cuándo
fue la última vez que hicimos algo por primera vez? Y no me refiero a probar un
nuevo detergente o una nueva hamburguesa en McDonald’s, sino a algo
emocionante, algo mágico, algo que te hiciera enfrentar tus miedos, algo que te
dejara sin palabras por más que las intentaras escribirlas.
Es una pregunta que tal vez no nos hacemos
muy a menudo por estar tan consumidos en nuestra propia existencia y todos los
altibajos que la conforman. Con todas las cuentas por pagar y los memes por
descubrir. Las series de Netflix para ver y las noticias que comentar.