Ahora que el sol amanece más temprano sobre mi cama.
Ahora que tomo suplementos por las mañanas y antes de dormir.
Ahora que evito el pan y limito el azúcar.
Ahora que la palabra dieta resuena con más frecuencia
en la boca de mi doctor.
Ahora que mido el arroz en tazas.
Ahora que, en los mejores días, el cuerpo casi no duele.
Ahora que huyo de los planes de los viernes.
Ahora que las charlas de los jóvenes me parecen un tedio
Ahora que mido el arroz en tazas.
Ahora que, en los mejores días, el cuerpo casi no duele.
Ahora que huyo de los planes de los viernes.
Ahora que las charlas de los jóvenes me parecen un tedio
y odio el grito de los niños.
Ahora que el espejo devuelve la imagen de un hombre
Ahora que el espejo devuelve la imagen de un hombre
que nunca antes fui.
Ahora que no creo en Dios como lo hacen todos.
Ahora que soy todo un señor y que no hay forma de sentirse joven,
más que con el recuerdo.
Es sólo ahora que empiezo a tener una vaga idea
Ahora que no creo en Dios como lo hacen todos.
Ahora que soy todo un señor y que no hay forma de sentirse joven,
más que con el recuerdo.
Es sólo ahora que empiezo a tener una vaga idea
de qué se trata todo esto,
que nos inunda y nos envuelve,
y que por ponerle un nombre le hemos llamado vida,
y que no se parece en nada a lo que de niño pensé que sería.
Pero es bueno también, saber y darse cuenta de que hay cosas que el tiempo no ha logrado cambiar,
porque la esencia no se lava por más que corra el agua.
Como cuando la tarde llora sobre mi ventana,
y tengo irremediablemente que escribir cursilerías en un papel.
Cuando trato de entender en silencio a Descartes por enésima vez.
Cuando subrayo partes de un libro que quizá no vuelva a leer.
Ahora que estoy muy viejo para ser joven y muy joven para ser viejo,
es ahora cuando disfruto la paz de una tarde sin trabajo,
un día lluvioso, una noche callada, las conversaciones con mi gato.
Ahora que en definitiva el amor ha llegado para quedarse,
y que las mismas piernas blancas buscan las mías bajo las cobijas.
Ahora que invierto parte de mi salario en mi jubilación
y que conozco las tasas de interés de los bancos,
ahora es el momento de vivir,
de disfrutar de todo lo que perdí y de lo que aún tengo también.
De disfrutar del sueño tranquilo y de las mañanas lentas,
de no tener que escuchar el ruido del despertador para ir a trabajar,
de amanecer con la luz a través de la ventana,
y hacer el desayuno sin prisa.
Nunca se fue de mí la curiosidad de aquel niño escuálido,
y los “por qué” sólo se me han multiplicado.
Nunca se fue la fe en la gente desconocida,
aunque entiendo que no todos cargan con buenas intenciones.
Nunca pude dejar de emocionarme por un beso o el roce de unas manos,
nunca se fueron las ganas de escribir.
Y todas las cosas que fui junto con las que nunca se fueron,
las que aprendí y las adquirí con los años,
a todas ellas las eché en una olla,
para hacer un caldo sabroso y espeso llamado “Ahora”.
En las mañanas, cuando despierto sólo
y pongo por primera vez en el día los pies en el suelo,
mientras con las palmas de mis manos intento despertar a los músculos dormidos de mi añejo rostro,
es cuando reconozco que el momento es ahora, que mi momento es ahora,
y entiendo que, mientras siga respirando, es mi responsabilidad aprovecharlo.
que nos inunda y nos envuelve,
y que por ponerle un nombre le hemos llamado vida,
y que no se parece en nada a lo que de niño pensé que sería.
Pero es bueno también, saber y darse cuenta de que hay cosas que el tiempo no ha logrado cambiar,
porque la esencia no se lava por más que corra el agua.
Como cuando la tarde llora sobre mi ventana,
y tengo irremediablemente que escribir cursilerías en un papel.
Cuando trato de entender en silencio a Descartes por enésima vez.
Cuando subrayo partes de un libro que quizá no vuelva a leer.
Ahora que estoy muy viejo para ser joven y muy joven para ser viejo,
es ahora cuando disfruto la paz de una tarde sin trabajo,
un día lluvioso, una noche callada, las conversaciones con mi gato.
Ahora que en definitiva el amor ha llegado para quedarse,
y que las mismas piernas blancas buscan las mías bajo las cobijas.
Ahora que invierto parte de mi salario en mi jubilación
y que conozco las tasas de interés de los bancos,
ahora es el momento de vivir,
de disfrutar de todo lo que perdí y de lo que aún tengo también.
De disfrutar del sueño tranquilo y de las mañanas lentas,
de no tener que escuchar el ruido del despertador para ir a trabajar,
de amanecer con la luz a través de la ventana,
y hacer el desayuno sin prisa.
Nunca se fue de mí la curiosidad de aquel niño escuálido,
y los “por qué” sólo se me han multiplicado.
Nunca se fue la fe en la gente desconocida,
aunque entiendo que no todos cargan con buenas intenciones.
Nunca pude dejar de emocionarme por un beso o el roce de unas manos,
nunca se fueron las ganas de escribir.
Y todas las cosas que fui junto con las que nunca se fueron,
las que aprendí y las adquirí con los años,
a todas ellas las eché en una olla,
para hacer un caldo sabroso y espeso llamado “Ahora”.
En las mañanas, cuando despierto sólo
y pongo por primera vez en el día los pies en el suelo,
mientras con las palmas de mis manos intento despertar a los músculos dormidos de mi añejo rostro,
es cuando reconozco que el momento es ahora, que mi momento es ahora,
y entiendo que, mientras siga respirando, es mi responsabilidad aprovecharlo.


