jueves, 14 de mayo de 2026

Ahora



            


Ahora que el sol amanece más temprano sobre mi cama.
Ahora que tomo suplementos por las mañanas y antes de dormir.
Ahora que evito el pan y limito el azúcar.
Ahora que la palabra dieta resuena con más frecuencia
en la boca de mi doctor.
Ahora que mido el arroz en tazas.
Ahora que, en los mejores días, el cuerpo casi no duele.
Ahora que huyo de los planes de los viernes.
Ahora que las charlas de los jóvenes me parecen un tedio
y odio el grito de los niños.
Ahora que el espejo devuelve la imagen de un hombre
que nunca antes fui.
Ahora que no creo en Dios como lo hacen todos.
Ahora que soy todo un señor y que no hay forma de sentirse joven,
más que con el recuerdo.

Es sólo ahora que empiezo a tener una vaga idea
de qué se trata todo esto,
que nos inunda y nos envuelve,
y que por ponerle un nombre le hemos llamado vida,
y que no se parece en nada a lo que de niño pensé que sería.

Pero es bueno también, saber y darse cuenta de que hay cosas que el tiempo no ha logrado cambiar,
porque la esencia no se lava por más que corra el agua.
Como cuando la tarde llora sobre mi ventana,
y tengo irremediablemente que escribir cursilerías en un papel.
Cuando trato de entender en silencio a Descartes por enésima vez.
Cuando subrayo partes de un libro que quizá no vuelva a leer.
Ahora que estoy muy viejo para ser joven y muy joven para ser viejo,
es ahora cuando disfruto la paz de una tarde sin trabajo,
un día lluvioso, una noche callada, las conversaciones con mi gato.

Ahora que en definitiva el amor ha llegado para quedarse,
y que las mismas piernas blancas buscan las mías bajo las cobijas.
Ahora que invierto parte de mi salario en mi jubilación
y que conozco las tasas de interés de los bancos,
ahora es el momento de vivir,
de disfrutar de todo lo que perdí y de lo que aún tengo también.
De disfrutar del sueño tranquilo y de las mañanas lentas,
de no tener que escuchar el ruido del despertador para ir a trabajar,
de amanecer con la luz a través de la ventana,
y hacer el desayuno sin prisa.

Nunca se fue de mí la curiosidad de aquel niño escuálido,
y los “por qué” sólo se me han multiplicado.
Nunca se fue la fe en la gente desconocida,
aunque entiendo que no todos cargan con buenas intenciones.
Nunca pude dejar de emocionarme por un beso o el roce de unas manos,
nunca se fueron las ganas de escribir.
Y todas las cosas que fui junto con las que nunca se fueron,
las que aprendí y las adquirí con los años,
a todas ellas las eché en una olla,
para hacer un caldo sabroso y espeso llamado “Ahora”.

En las mañanas, cuando despierto sólo
y pongo por primera vez en el día los pies en el suelo,
mientras con las palmas de mis manos intento despertar a los músculos dormidos de mi añejo rostro,
es cuando reconozco que el momento es ahora, que mi momento es ahora,
y entiendo que, mientras siga respirando, es mi responsabilidad aprovecharlo.

jueves, 23 de abril de 2026

Mar


            

A veces voy al mar y me baño en él,
me revuelco en la arena mojada,
y me sumerjo en el agua salada.

Es cuando muere la tarde que el mar se viste de gala,
y observo el arrebol con nostalgia no sé de qué.
Es como si, en otra vida, hubiera sido pescador o marinero.
Me envuelve una tristeza profunda en el pecho
y pienso que es aquí donde quiero descansar,
cuando por fin pare de girar este líquido rojo que me envuelve por dentro,
como si por fin regresara a donde pertenezco
y tu abrazo esperara por mí.

Las conchas juegan siempre en la orilla,
algunas se funden con las rocas donde revientan las olas,
y pienso que algún día seré parte de ellas,
como lo fui de vos.

Quisiera morir aquí, cuando me toque por fin hacerlo.
Desaparecer dentro del mar como Alfonsina,
o como este Sol que agotado y tímido huye de esta mitad del mundo,
iluminando del cielo desde abajo.

A veces voy al mar y me baño en él,
y mis pies juegan con la espuma de la orilla,
y veo el día morir y la noche nacer,
y envidioso observo a las parejas tomadas de la mano.

Sólo a veces voy al mar,
pero siempre que lo hago,
pienso en vos.

miércoles, 15 de abril de 2026

Dos extraños


Hace poco di con una foto de hace más de cuarenta años. Era una foto de esas viejas delatadas por el color rojizo que antes develaban los rollos de cámaras fotográficas. En esa foto había dos personas extrañas, éramos mi mamá y yo. Y digo extrañas porque, a pesar de que somos nosotros, ya no somos los mismos. Él debe tener unos ocho meses de edad apenas. Cachetes grandes, labios gorditos, dedos con forma de tuquitos y una nariz que parece una copia a escala de la nariz de la persona que lo sostiene en brazos. Ella debe tener unos treinta y dos años si no me falla en cálculo. Pómulos pronunciados, orejas grandes, pelo negro, liso y brillante, con la mirada que sólo puede tener alguien que ha parido con dolor y que sostiene en sus brazos un pedazo no sólo de su cuerpo, sino de su alma. Los brazos de ella son capaces de envolver casi por completo el cuerpo pequeño del niño, no sé si puede haber mejor analogía de la vida. A un lado, una carreta de madera como esas del viejo oeste, aún envuelta en plástico, quizá para regalo, quizá para evitar que el polvo no la envejezca como a la foto o quizá sea sólo un adorno para la casa. Es como si esa carreta simbolizara el viaje que están a punto de empezar estas dos personas. Sorteando aventuras, cruzando tempestades, sintiendo la vida en carne viva. Ninguno de los dos sabe a este punto, que son un alma partida en dos. De niño, él será todo lo que ella esperaba que fuera, quizá más. De adulto, él es menos de lo que ella esperaba que fuera, aun así lo ama como a ninguno. De niño, él buscará refugio y protección en ella, entre sus brazos amplios y carnosos. De adulto, él la cobijará bajo su ala de pájaro fuerte y seguro. Ella no sabe aún que tendrá que derramar gruesas y amargas lágrimas por la creatura que ahora cuida entre sus brazos. Él no sabe que la lastimará como ningún otro, aún sin querer hacerlo. Dicen que los gemelos comparten un lazo sensible único. Las personas de la foto no saben que les ha tocado a ellos también compartir un lazo similar. Él crecerá temiendo siempre lo peor cada vez que ella no esté. Ella hará lo mismo, es parte esencial del instinto de mujer madre. Él crecerá velando los sueños de ella en la puerta de su habitación. Ella vivirá velando el bienestar de él en cada decisión. Él no se irá a dormir hasta que ella termine de lavar los trastos. Ella no se irá a dormir hasta que él entre por la puerta. Quizá sean criticados por otros por compartir la complicidad tan intrínseca que ninguno de los dos buscó y que sin embargo es imposible negar. Cuando ellos hablan es como si hablaran al viento, libres, sin ataduras ni expectativas, sin reclamos o rencores. Les resulta fácil hablar porque uno se reconoce en el otro, como si hablara uno con uno mismo. Ella no sabe aún que él será su mejor amigo. Él no sabe aún que todo nuevo esfuerzo tendrá un mejor sentido por ella. Él fue alumno primero y maestro después. Ella lo mismo, pero al revés. Él será ingeniero, por lo tanto, ella también lo será. Bien pudo haber sido médico, abogado o cualquier otra cosa, igual no hubiera cambiado nada entre ellos porque ellos son mucho más de lo que cada uno hizo con su vida.

En esa foto veo a dos extraños, dos personas que ya no existen, crecimos, aprendimos, nos amoldamos, cambiamos los roles, en fin, vivimos. Y lo mejor de todo es saber a nuestros setenta y cinco y cuarenta y tres años, que lo hicimos juntos.

jueves, 19 de marzo de 2026

Algo de mi


La única manera de engañar al olvido,
es perder la memoria.
La única forma que te olvides de mí,
es nunca haber existido.
Porque llevarás por siempre las cicatrices de mis caricias en tu piel,
y la sensación de mis labios en los tuyos.

Una caricia, una canción, una palabra,
siempre habrá algo que te hará acordarte de mí.
No serás capaz de olvidarme,
aunque lo intentes con todas tus fuerzas.

Porque, aunque ya no esté en tu corazón,
viviré por siempre en tu memoria.
Por mucho o poco que te pese,
no podrás evitar cargar con mi recuerdo.

Y tendrás que aprender a vivir,
pasando cerca de mi casa y pensar en mí,
y tendrás que aprender a ignorar al recuerdo,
no porque duela,
sino porque existe.

Algo de mí se quedará siempre ahí,
algo de mí llevas,
y no hay por qué sentirse culpable por eso,
si después de todo,
a todos nos pasa igual.

viernes, 16 de enero de 2026

Recuerdo



   


Aún recuerdo como la amaba,
aunque he olvidado por completo el sabor de sus besos.

Recuerdo hacerla reír,
pero no recuerdo cómo lo lograba.

Recuerdo como me acariciaba detrás de la nuca,
pero he olvidado la sensación de sus dedos.

Recuerdo que dormíamos juntos,
pero no recuerdo su pijama.

El tiempo se ha encargado de quitarme de la memoria
los detalles de nuestro amor,
para dejarme una bolsa de recuerdos a medio llenar.

Me ha quitado el olor de su cuello en las mañanas,
para dejarme un lugar vacío en la que alguna vez fue nuestra cama,
que ahora es un desierto que recorro ausente de esperanza.

Las cosas que he olvidado son ahora más que las que recuerdo de ella,
recuerdo que una vez amé y recuerdo a quién amé,
lo que no recuerdo es cómo se siente amar a alguien como la amé yo a ella,
el tiempo y el olvido han venido a vengarse de mí,
de aquella vez que iluso me reí en sus caras,
supongo que me lo merezco, por una vez tener la osadía de pensar,
que el amor duraría para siempre.