jueves, 30 de enero de 2020

Hoy me siento bien




           

Todo continua
acá en mi cuarto y a lo lejos también.
Vos ya no estás pero
los perros siguen ladrando,
los carros siguen pasando,
el viento sigue visitándome en mi rutina vespertina,
y a lo lejos un camión escandaloso contamina el sonido.

Las flores siguen creciendo,

floreciendo sin vos,
la gente de camino a sus trabajos,
la música no tiene fin.
Vos ya no estás pero
el mundo sigue girando.

Sentí que el mundo acababa sin vos,
como enfermo terminal sin tanque de oxígeno.
Sentí el cielo monocromático,
como caricatura de los años treinta.
Pensé que todo terminaba en vos,
pero el amor es una serpiente que muda de piel,
y los besos como monedas que cambian de dueño.

Todo continua,
acá en mi cuarto y a lo lejos también.
Vos ya no estás pero
hoy me siento bien.

jueves, 23 de enero de 2020

De los sueños



        

Cuando se apagan las luces del cuarto y después de un rato,
es cuando se empieza a soñar.
Yo sueño poco y cuando lo hago no siempre recuerdo el sueño.
Esta semana por ejemplo, soñé con mi padre,
intercambiamos algunas palabras,
le di un beso y le dije que lo esperaba a desayunar en la mañana.
Él se fue en su camioneta morada prometiendo regresar.
Es apenas la segunda o tercera vez que sueño con mi padre desde que murió,
y quiero creer en su promesa,
creer que volverá,
sólo espero poder recordar.

Así son los sueños,
son promesas infinitas de vidas escondidas.
Son amantes que prometen sin compromiso regresar.
Son cometas que iluminan dormitorios.
Son el eco del universo estornudando.
Son migajas de magia que caen de la mesa de algún Dios.


Los sueños son la realidad de lo que no existe,
el viento que no despeina,
la lluvia que no moja,
la mano que no siente.


Por eso no puedo perderme en los sueños,
si bien sé que sus ojos no me miran,
y que su voz no dice mi nombre,
y que mi padre no vendrá a desayunar.

jueves, 9 de enero de 2020

De la verdad


       


De niño creía que dentro de la Luna vivía un viejito de barba que despertaba en las noches para encender la luz de la Luna con un interruptor. Creía que "mañana" era "ayer", así que no era nada raro escucharme decir: "Vamos a ir de paseo ayer". No tuve una crianza católica así que cuando mis amigos preguntaban: "usted qué le pidió al niño?" yo no tenía idea de lo que estaban hablando. De niño creía en la magia y me encantaba hacerlo. Por la televisión veía a David Copperfield desaparecer un avión en medio aeropuerto y me parecía fenomenal. De niño iba a robar confites al supermercado con un amigo que me enseñó todo lo que tenía que saber sobre dicho arte y pensaba que robar confites era genial. Creía que si uno se tragaba un chicle se iba haciendo una pelota de chicles en el estómago, así que uno tenía una cantidad limitada de chicles que se podía tragar. De niño creía que, si me comía una semilla de naranja, en el estómago me iba a nacer un árbol. Creía que la granadilla eran mocos de vaca (mis hermanos mayores tienen la culpa de eso). De niño creía que era adoptado, porque era diferente a todos mis hermanos (culpa de mis hermanos también).

De niño solía creer muchas cosas, pero ninguna resultó ser cierta. La vida terminó demostrando que estaba equivocado en todo. En veinte años cambiaré el discurso por: "durante mis 30s creía que..." Y en cuarenta años lo mismo. Concluyo entonces: el tiempo desvanece todo, incluso en lo que creemos.

Pero si todo termina en nada, en qué vale la pena creer entonces?

Somos seres humanos, esa condición nos obliga a creer en algo, lo que sea! y es decisión de cada quien creer en lo que quiera: en Dios o el diablo, en el cielo, en Estados Unidos, en la pareja o los hijos, en la magia, en las palabras y las promesas, en los políticos o los pastores de iglesia (igualmente mentirosos ambos), en la Tierra, en las buenas intenciones, en la Madre, en la Biblia o el Corán, en el ejército, en Buda, Jesús o Mahoma.
Vale la pena creer en lo que decidamos creer, al menos mientras nos dure.



¿Cuáles cosas de las que creemos son ciertas y cuáles no lo son? y ¿quién puede tener completa certeza de creer en algo verdadero? ¿Acaso alguien se atreve a levantar la mano?
No quiero decir con todo esto que no vale la pena creer en algo, lo que quiero decir es que no debemos dar nada por enteramente cierto, ni creerse dueño de la verdad porque el tiempo y la vida nos puede demostrar lo contrario.

Es un ejercicio sano entonces cuestionar nuestras creencias y formas de pensar para asegurarnos que tienen aún vigencia. No deberíamos creer en algo solamente porque así nos enseñaron. No deberíamos hacer las cosas de cierta manera sólo porque siempre se ha hecho así. Por otro lado, no dejemos de aceptar nuevas creencias sólo porque nos llevaría mucho trabajo defender esas mismas creencias. Si vamos a creer en algo, que sea por convicción propia y si nos equivocamos no importa, al fin y al cabo, todos nos equivocamos porque nadie posee el "Título de Propiedad" sobre la Verdad.


viernes, 3 de enero de 2020

Dios debería morir



        


Sabemos que Dios es omnisciente, lo sabe todo. Además es omnipresente, osea que está en todos lados. La idea de poder saberlo todo y estar en todos los lugares al mismo tiempo, en cada cabeza de todo ser viviente en este planeta y todos los planetas desde antes del principio de los tiempos y por siempre jamás es una idea que la mente humana no es capaz de entender, es algo que sólo podemos aceptar. Es lógico entonces entender por qué nuestros pensamientos estén dirigidos a este ser Todo Poderoso. Es absurdo pensar que siendo Dios quien es y siendo nosotros quienes somos, no dediquemos una vida de adoración y peticiones constantes hasta el día de nuestra muerte.

A Dios pedimos que nos dé salud, que nos vaya bien en la entrevista de trabajo, que proteja a nuestros seres queridos, que nos llene de "bendiciones económicas", que nos dé la fuerzas para seguir, que nos ayude en el trabajo, que nos proteja en el viaje que haremos, que nos ayude en el examen, etc. Dios se ha convertido entonces en una especie de Santa Claus para todo el año y para toda ocasión, como un tarjeta de comodín en un juego de cartas. Pedirle a Dios es un acto de cobardía. Entonces pienso que Dios no bebería existir y si existe, debería morir. Dios nos hace mediocres. Entonces no es un Dios que nos ame. Qué padre le da a su hijo todo lo que pide? Qué padre conscientemente convierte a su hijo en un bueno para nada?

No estoy negando ni afirmando la existencia de Dios, no estoy tomando ningún bando. Creo que el Dios moderno debería morir por el bien de la humanidad. Sería un acto de amor propio si matamos a Dios de una vez por todas. Como individuos y como sociedad, no podemos seguir permitiendo que Dios se meta en todos los asuntos de la vida. Debe haber algo que podamos hacer por nuestra cuenta propia, porque si no lo hubiera, eso sólo desnudaría nuestra condición de títeres inservibles.

A este punto del artículo, más de una persona ya estará condenándome al infierno y tildándome de irreverente y ateo. Pero me permito aclarar: yo creo en Dios. Sólo que no creo en el mismo Dios que la mayoría. Me reúso a hacerlo. Dios no es mi Santa Claus personal. Si estoy donde estoy es por mí, no por Dios. Si tengo lo que tengo es por mí, no por Dios. Dios ya ha hecho su parte en todo esto. Dios me dio la vida, me permite respirar y caminar, me dio un cerebro que funciona medianamente bien, me permite ver, oler, sentir, pensar. Lo que yo haga con todos esos dones es asunto mío, así como es asunto de cada uno. Pedirle más ayuda a Dios sería como pedirle las respuestas del examen sólo porque no estudiamos. Agradezco a Dios lo que me da y no lo molesto más.

Es obvio entonces que mi idea de matar a Dios es un llamado a la conciencia para poder decir que debemos cambiar la idea que tenemos de Dios mismo. Matar a Dios significa tomar control y responsabilidad por nuestros actos, de lo que hacemos con nuestra vida, de las decisiones que tomamos, buenas o malas. Matar a Dios es demostrarle que no ha desperdiciado sus dones. Matar a Dios es agradecerle por todo.