jueves, 28 de noviembre de 2019

Silencio



Abrió los ojos, su cuerpo a medio cobijar tirado en la cama.
Afuera, destellos de luz azul y blanca como relámpagos pero sin sonido,
piensa que debe estar aún entre dormido y despierto.
Las cortinas de su cuarto se agitan con violencia,
a través de la ventana observa las ramas de los árboles,
se mesen como queriendo desprenderse,
pero no percibe ningún ruido aún.
La lluvia insistente castiga los techos del barrio,
debería al menos escuchar al agua fluir, pero no.

Se asusta,
al pronunciar una maldición nota que no escucha su propia voz,
luego se aterra.
Golpea la puerta, las paredes, su rostro, enciende el televisor,
pero nada produce el más mínimo sonido.
No sabe bien si las cosas dejaron de tener sonido
o simplemente se ha vuelto sordo,
y no importa la diferencia si el resultado es el mismo.

De pronto recuerda haber ido a la cama para dormir,
así que esa es la explicación,
se convence a sí mismo que está soñando,
pero las sensaciones de su piel y de sus ojos
son demasiado reales para ser un sueño,
y el corazón aún duele.

Se sienta en la orilla de su cama,
su desesperación llega poco a poco a una cierta calma inexplicable,
reflexiona y piensa,
concluye que el mundo sin sonido no vale la pena,
entonces lo entiende:
El silencio mata.


miércoles, 13 de noviembre de 2019

Rebobinador



Fui un niño de los 90s,
de esos que vieron nacer a The New Kids on the Block y Magneto,
de los que jugaban a los policías y ladrones en el recreo,
de los que usaban un lapicero para volver a escuchar el Lado A de un casete,
de los que jugaron Atari por primera vez.

Fui de los que se metía debajo de un carro jugando escondido,
de los que se subían al árbol de jocotes,
de los que hacían una bola de fútbol con hojas de papel y cinta scotch,
de los que gritaron el gol de Cayasso y de Medford en Italia 90,
de los que tuvieron televisor a color y control remoto por primera vez.

Fui de los que coleccionaban las Upper Deck del mundial,
de los que llenaban un álbum de postales para ganarse una licuadora,
de los que tuvieron que regalar las Pepsi Cards porque eran satánicas,
de los que presenciaron la llegada del glorioso Super Nintendo,
de los que vieron a Mario Bross volar con su cola.

Fui de los que alquilaban películas en VHS
y tenías que devolverla rebobinada para evitar pagar la multa,
de los que tuvo un chuzo de carro como rebobinador,
de los que se asustaron con Freddy Krueger y los Gremlins,
de los que querían aprender Kung Fu viendo Karate Kid.

Fui de los que pasaba las tardes viendo Mazinger Z y Ironman 28,
de los que se enamoraron de Ángel la niña de las flores,
de los que lloraron con Jose Miel y la búsqueda interminable de su madre,
de los que cantaban la canción de los Halcones Galácticos y de Ulises 31,
de los que se levantaban temprano los sábados para ver Super Campeones.

Fui un niño de los 90s,
en el 2023 tendré cuarenta años!
por eso a veces me gusta usar el rebobinador mental,
para recordar a aquél niño colocho de ojos claros,
y volver a jugar y a contar hasta 100 con los ojos cerrados...

Punto para todos!

Nuestra obligación




Dame un beso de buenas noches diez mil noches después de hoy,
abrázame por la espalda hasta que se acaben los días,
duerme en mi cama cien años más,
dime que me amas innumerables veces.

Si después de todo decides aún irte
no intentaré detenerte,
pero no cierres la puerta sin decir nada,

dame aunque sea un adiós.

Duerme hasta tarde todo lo que quieras que yo te acompaño,
transforma el cuarto en el polo sur que al fin y al cabo el frío se quita con abrigo,
quita el reloj de mi muñeca que al tiempo no lo necesito contigo,
olvidemos indefinidamente que el mundo gira.

Si después de todo decides aún irte
no te preocupes que no pienso detenerte,
pero si tu pasos te llevan lejos de mí,
dame aunque sea una razón.

Amanece conmigo un millón de veces,
dime "buenos días" para siempre,
desayunemos juntos hasta que se acabe el inventario de mañanas,
deséame buena suerte en mi día hasta que me jubile.

Si nada de eso funciona y decides aún irte
yo estaré de acuerdo contigo y alistaré tu maleta,
pero no te vayas sin darme un beso,
que al menos eso nos debemos.

Es nuestro derecho irnos
y nuestra obligación decir por qué.

Felicidad << Satisfacción



                                          


Cuando tenía 31 años tomé una decisión importante en mi vida. En su momento lo hice aduciendo ir en busca de mi felicidad sin importar qué o quién. Desde entonces he podido disfrutar más libremente mi vida y las decisiones que tomo en ella. No es que todo eso estuviera mal pero quizá equivoqué el método sin saberlo.

Entonces veía la felicidad como una meta a alcanzar, como un premio a conseguir, como la medalla dorada de Ralph el Demoledor, como la razón por la cual venimos al mundo, como el bien último de la existencia humana.
En el momento no pude darme cuenta que estaba superponiendo la felicidad sobre la satisfacción. Cada cosa de la que he tenido certeza en mi vida ha resultado no ser cierta después, esta no fue la excepción.

Cinco años después puedo decir que los momentos satisfactorios han sido mejor que la felicidad misma, o la búsqueda de ella. Mientras siga viendo la felicidad como una meta, nunca podré ser realmente feliz. Buscar la felicidad es como correr en la banda del gimnasio, gastas mucha energía en ella y no te lleva a ningún lado. Por eso ahora creo que debemos anteponer los momentos de satisfacción a la felicidad. Una carne asada con la familia, un café con un amigo, un partido de futbol, unas cervezas después del trabajo, un beso furtivo y por qué no hasta una noche de lujuria.





En cinco años volveré a escribir para decir que estaba equivocado de nuevo, es probable, pero parte de procurar la satisfacción consiste en vivir el momento responsablemente sin pensar mucho en las mil posibilidades que se derivan de nuestras decisiones. No creo entonces que la felicidad sea un estado constante, como sólido o líquido; es más bien la sumatoria de muchos momentos de satisfacción; es como un rompecabezas de piezas infinitas, con cada pieza que colocas todo va tomando más forma sabiendo que nunca llegarás a completarlo.

Como ingeniero que soy, me gustan las matemáticas, pero me gusta también el arte. Mi mente procesa los acontecimientos cotidianos de manera lineal, donde todo tiene un lugar y una razón de ser, donde todo está puesto de manera tal que cumpla con un propósito final. Es el Método Científico aplicado hasta en las tareas más simples de mi día a día. Esto me convierte entonces en una persona muy esquematizada. La variable de indeterminación que se introduce en mi vida es el arte. El arte es desorden, es caos y me gusta la forma en que el arte viene a poner de cabeza mi mundo porque al arte no le interesan las matemáticas o los métodos de cálculo, no le interesa la estadística ni las rectas de mejor ajuste. El arte va y viene como y cuando le da gana. Es una suerte entonces que, siendo ingeniero, me guste tanto el arte. Porque al ingeniero le interesan los resultados, osea la felicidad. Pero al artista le interesa más el momento osea la satisfacción, porque es todo lo que tiene.
Es por eso que quizá ahora sea más Artista que Ingeniero, pero es gracias al financiamiento económico que proporciona el ingeniero que el artista puede existir. Reconozco entonces la importancia de ambos.

La idea principal entonces es: aprovecha el momento (carpe díem), deja que todo fluya naturalmente. Cuando caigas disfruta el sabor a tierra y disfruta el dolor. Cuando triunfes disfruta la gloria y el reconocimiento. Cuando ames, ama sin condiciones, olvida el método científico, no todo tiene por qué tener una lógica. Dale el reconocimiento a quien lo merece, no seas injusto con los demás. Cierra los ciclos para abrir nuevos y poder disfrutarlos sin rencores ni remordimientos.
Déjate caer, tírate hacia atrás, no pienses tanto! no pienses tanto!

Mis 5 céntimos…