Hola cómo estás, entramos?
Dije sin pausa y sin esperar respuesta,
mientras los nervios jugaban con mi voz,
vos sólo sonreíste y asentaste con la
cabeza,
supiste entender mi timidez.
El camino a la boletería fue eterno,
diez metros que más bien tenían cara de
cien.
La peor parte de sentirme como un completo
idiota,
es que seguramente me veo como tal.
No sé cómo, pero llegamos a sentarnos en
la sala,
donde nos esperaban dos horas de alguna
película de acción y sangre.
Por llegar justo antes de la hora,
tuvimos que comprar boletos para la única
película disponible,
y así desperdicié mi oportunidad de algo
de romance en la pantalla.
No recuerdo si fue durante alguna
explosión o el vuelco de un carro,
pero pude sentir tus dedos buscando el
espacio vacío entre los míos,
no pude creerle a mis manos.
A la salida el cine y agarrados aun de la
mano,
fuimos a comer, moríamos de hambre.
Entramos en la muerta de hambre frente al
parque,
y no tuviste reparo en comer hasta
saciarte.
Había llegado la hora de despedirnos,
la noche hasta ahora había sido un sueño
para mi,
pero jamás imaginé lo que estaba por
suceder,
te inclinaste hacia mi para darme un beso,
no pude creerle a mis labios.
Dijiste: “Buenas noches”
y de pie frente a tu casa,
completamente idiotizado
respondí con un: “aja…”
Supiste esquivar mi idiotez toda la noche,
para llegar desde el “hola” hasta ese
beso,
de la forma más mágica y natural.
Esa fue nuestra primera cita,
y la última también,
nadie podría predecir lo que pasaría
después de esa noche,
y aunque me encantó conocerte, ya no me
gustan las primeras citas.