jueves, 14 de mayo de 2026

Ahora



            


Ahora que el sol amanece más temprano sobre mi cama.
Ahora que tomo suplementos por las mañanas y antes de dormir.
Ahora que evito el pan y limito el azúcar.
Ahora que la palabra dieta resuena con más frecuencia
en la boca de mi doctor.
Ahora que mido el arroz en tazas.
Ahora que, en los mejores días, el cuerpo casi no duele.
Ahora que huyo de los planes de los viernes.
Ahora que las charlas de los jóvenes me parecen un tedio
y odio el grito de los niños.
Ahora que el espejo devuelve la imagen de un hombre
que nunca antes fui.
Ahora que no creo en Dios como lo hacen todos.
Ahora que soy todo un señor y que no hay forma de sentirse joven,
más que con el recuerdo.

Es sólo ahora que empiezo a tener una vaga idea
de qué se trata todo esto,
que nos inunda y nos envuelve,
y que por ponerle un nombre le hemos llamado vida,
y que no se parece en nada a lo que de niño pensé que sería.

Pero es bueno también, saber y darse cuenta de que hay cosas que el tiempo no ha logrado cambiar,
porque la esencia no se lava por más que corra el agua.
Como cuando la tarde llora sobre mi ventana,
y tengo irremediablemente que escribir cursilerías en un papel.
Cuando trato de entender en silencio a Descartes por enésima vez.
Cuando subrayo partes de un libro que quizá no vuelva a leer.
Ahora que estoy muy viejo para ser joven y muy joven para ser viejo,
es ahora cuando disfruto la paz de una tarde sin trabajo,
un día lluvioso, una noche callada, las conversaciones con mi gato.

Ahora que en definitiva el amor ha llegado para quedarse,
y que las mismas piernas blancas buscan las mías bajo las cobijas.
Ahora que invierto parte de mi salario en mi jubilación
y que conozco las tasas de interés de los bancos,
ahora es el momento de vivir,
de disfrutar de todo lo que perdí y de lo que aún tengo también.
De disfrutar del sueño tranquilo y de las mañanas lentas,
de no tener que escuchar el ruido del despertador para ir a trabajar,
de amanecer con la luz a través de la ventana,
y hacer el desayuno sin prisa.

Nunca se fue de mí la curiosidad de aquel niño escuálido,
y los “por qué” sólo se me han multiplicado.
Nunca se fue la fe en la gente desconocida,
aunque entiendo que no todos cargan con buenas intenciones.
Nunca pude dejar de emocionarme por un beso o el roce de unas manos,
nunca se fueron las ganas de escribir.
Y todas las cosas que fui junto con las que nunca se fueron,
las que aprendí y las adquirí con los años,
a todas ellas las eché en una olla,
para hacer un caldo sabroso y espeso llamado “Ahora”.

En las mañanas, cuando despierto sólo
y pongo por primera vez en el día los pies en el suelo,
mientras con las palmas de mis manos intento despertar a los músculos dormidos de mi añejo rostro,
es cuando reconozco que el momento es ahora, que mi momento es ahora,
y entiendo que, mientras siga respirando, es mi responsabilidad aprovecharlo.

jueves, 23 de abril de 2026

Mar


            

A veces voy al mar y me baño en él,
me revuelco en la arena mojada,
y me sumerjo en el agua salada.

Es cuando muere la tarde que el mar se viste de gala,
y observo el arrebol con nostalgia no sé de qué.
Es como si, en otra vida, hubiera sido pescador o marinero.
Me envuelve una tristeza profunda en el pecho
y pienso que es aquí donde quiero descansar,
cuando por fin pare de girar este líquido rojo que me envuelve por dentro,
como si por fin regresara a donde pertenezco
y tu abrazo esperara por mí.

Las conchas juegan siempre en la orilla,
algunas se funden con las rocas donde revientan las olas,
y pienso que algún día seré parte de ellas,
como lo fui de vos.

Quisiera morir aquí, cuando me toque por fin hacerlo.
Desaparecer dentro del mar como Alfonsina,
o como este Sol que agotado y tímido huye de esta mitad del mundo,
iluminando del cielo desde abajo.

A veces voy al mar y me baño en él,
y mis pies juegan con la espuma de la orilla,
y veo el día morir y la noche nacer,
y envidioso observo a las parejas tomadas de la mano.

Sólo a veces voy al mar,
pero siempre que lo hago,
pienso en vos.

miércoles, 15 de abril de 2026

Dos extraños


Hace poco di con una foto de hace más de cuarenta años. Era una foto de esas viejas delatadas por el color rojizo que antes develaban los rollos de cámaras fotográficas. En esa foto había dos personas extrañas, éramos mi mamá y yo. Y digo extrañas porque, a pesar de que somos nosotros, ya no somos los mismos. Él debe tener unos ocho meses de edad apenas. Cachetes grandes, labios gorditos, dedos con forma de tuquitos y una nariz que parece una copia a escala de la nariz de la persona que lo sostiene en brazos. Ella debe tener unos treinta y dos años si no me falla en cálculo. Pómulos pronunciados, orejas grandes, pelo negro, liso y brillante, con la mirada que sólo puede tener alguien que ha parido con dolor y que sostiene en sus brazos un pedazo no sólo de su cuerpo, sino de su alma. Los brazos de ella son capaces de envolver casi por completo el cuerpo pequeño del niño, no sé si puede haber mejor analogía de la vida. A un lado, una carreta de madera como esas del viejo oeste, aún envuelta en plástico, quizá para regalo, quizá para evitar que el polvo no la envejezca como a la foto o quizá sea sólo un adorno para la casa. Es como si esa carreta simbolizara el viaje que están a punto de empezar estas dos personas. Sorteando aventuras, cruzando tempestades, sintiendo la vida en carne viva. Ninguno de los dos sabe a este punto, que son un alma partida en dos. De niño, él será todo lo que ella esperaba que fuera, quizá más. De adulto, él es menos de lo que ella esperaba que fuera, aun así lo ama como a ninguno. De niño, él buscará refugio y protección en ella, entre sus brazos amplios y carnosos. De adulto, él la cobijará bajo su ala de pájaro fuerte y seguro. Ella no sabe aún que tendrá que derramar gruesas y amargas lágrimas por la creatura que ahora cuida entre sus brazos. Él no sabe que la lastimará como ningún otro, aún sin querer hacerlo. Dicen que los gemelos comparten un lazo sensible único. Las personas de la foto no saben que les ha tocado a ellos también compartir un lazo similar. Él crecerá temiendo siempre lo peor cada vez que ella no esté. Ella hará lo mismo, es parte esencial del instinto de mujer madre. Él crecerá velando los sueños de ella en la puerta de su habitación. Ella vivirá velando el bienestar de él en cada decisión. Él no se irá a dormir hasta que ella termine de lavar los trastos. Ella no se irá a dormir hasta que él entre por la puerta. Quizá sean criticados por otros por compartir la complicidad tan intrínseca que ninguno de los dos buscó y que sin embargo es imposible negar. Cuando ellos hablan es como si hablaran al viento, libres, sin ataduras ni expectativas, sin reclamos o rencores. Les resulta fácil hablar porque uno se reconoce en el otro, como si hablara uno con uno mismo. Ella no sabe aún que él será su mejor amigo. Él no sabe aún que todo nuevo esfuerzo tendrá un mejor sentido por ella. Él fue alumno primero y maestro después. Ella lo mismo, pero al revés. Él será ingeniero, por lo tanto, ella también lo será. Bien pudo haber sido médico, abogado o cualquier otra cosa, igual no hubiera cambiado nada entre ellos porque ellos son mucho más de lo que cada uno hizo con su vida.

En esa foto veo a dos extraños, dos personas que ya no existen, crecimos, aprendimos, nos amoldamos, cambiamos los roles, en fin, vivimos. Y lo mejor de todo es saber a nuestros setenta y cinco y cuarenta y tres años, que lo hicimos juntos.

jueves, 19 de marzo de 2026

Algo de mi


La única manera de engañar al olvido,
es perder la memoria.
La única forma que te olvides de mí,
es nunca haber existido.
Porque llevarás por siempre las cicatrices de mis caricias en tu piel,
y la sensación de mis labios en los tuyos.

Una caricia, una canción, una palabra,
siempre habrá algo que te hará acordarte de mí.
No serás capaz de olvidarme,
aunque lo intentes con todas tus fuerzas.

Porque, aunque ya no esté en tu corazón,
viviré por siempre en tu memoria.
Por mucho o poco que te pese,
no podrás evitar cargar con mi recuerdo.

Y tendrás que aprender a vivir,
pasando cerca de mi casa y pensar en mí,
y tendrás que aprender a ignorar al recuerdo,
no porque duela,
sino porque existe.

Algo de mí se quedará siempre ahí,
algo de mí llevas,
y no hay por qué sentirse culpable por eso,
si después de todo,
a todos nos pasa igual.

viernes, 16 de enero de 2026

Recuerdo



   


Aún recuerdo como la amaba,
aunque he olvidado por completo el sabor de sus besos.

Recuerdo hacerla reír,
pero no recuerdo cómo lo lograba.

Recuerdo como me acariciaba detrás de la nuca,
pero he olvidado la sensación de sus dedos.

Recuerdo que dormíamos juntos,
pero no recuerdo su pijama.

El tiempo se ha encargado de quitarme de la memoria
los detalles de nuestro amor,
para dejarme una bolsa de recuerdos a medio llenar.

Me ha quitado el olor de su cuello en las mañanas,
para dejarme un lugar vacío en la que alguna vez fue nuestra cama,
que ahora es un desierto que recorro ausente de esperanza.

Las cosas que he olvidado son ahora más que las que recuerdo de ella,
recuerdo que una vez amé y recuerdo a quién amé,
lo que no recuerdo es cómo se siente amar a alguien como la amé yo a ella,
el tiempo y el olvido han venido a vengarse de mí,
de aquella vez que iluso me reí en sus caras,
supongo que me lo merezco, por una vez tener la osadía de pensar,
que el amor duraría para siempre.

miércoles, 31 de diciembre de 2025

Fantasmas

 





Nos amábamos en las mañanas y en las noches también. A la hora del almuerzo la iba a recoger para amarnos un rato más. Nos amábamos antes de la cena y después de lavar los trastos. Así pasaron años, no sé cuántos. Planchábamos arrugas amándonos. Fuimos siempre novios, aunque estuvimos casados cuarentaisiete años.

Cuando ella enfermó y ya no se acordaba de mí, sólo yo la amaba y con eso nos bastó a los dos. Cuando falleció, sólo la amé más. Amaba su recuerdo, el nuestro. Amaba todo lo que fuimos. Cuando yo morí, la encontré de nuevo en esta casa, en una esquina esperando por mí, lúcida como cuando la recogía del trabajo al medio día.

No sé quién vive aquí ahora, pero nosotros nos seguimos amando en el aire y entre las paredes que ya no nos detienen. Fuimos libres siempre pero ahora ya el tiempo no nos gobierna y nuestros cuerpos no se pudren.


jueves, 18 de diciembre de 2025

Martha



 

Jueves en la noche y él deambula por las calles de la ciudad. Había llovido, las calles tienen ese olor característico del asfalto cuando ha sido víctima de un aguacero. Un letrero a medio encender lo seduce a entrar en aquel lugar, y lo hace. Las luces del lugar apenas iluminan las mesas redondas y un hombre al fondo acaricia tan libre como suave las teclas de un piano de cola. Se sienta y pide un wisky en las rocas, como para fundirse con la atmósfera y aparentar ser alguien que quizá no sea. El humo de los cigarrillos crea un ambiente místico del que irremediablemente ahora él es parte también. Por las escaleras a un lado de la barra baja aquella mujer con su vestido negro y sus pendientes de cristal. Un escote al frente deja entrever su amplio pecho y otro a un costado devela la hermosa longitud de sus piernas. El vestido ajustado devela su grande cuerpo sensual, su caminar es fuerte pero delicado. Todo aquello parece una escena sacada de alguna película de Hollywood, quizá lo es. Él se levanta de aquella mesa y se dirige a la barra donde ella se ha sentado ya. Pide al cantinero que llene su vaso y agregue más hielo. Mientras lo hace, él la vuelve a ver, como sintiéndose Humphrey Bogart, si tuviera un sombrero de copa seguro lo usaría de lado. Ella lo mira de vuelta mientras exhala por unos segundos el humo de un cigarrillo con filtro. Luego de una charla ligera sobre el pianista y el lugar, él se ha dado cuenta de que la desea. La lluvia y el letrero han sido sólo cómplices para encontrarla a ella. Por la misma escalera de antes siguen bajando mujeres, algunas acompañadas del brazo por algún caballero, otras solas. No lo sabía al entrar en aquél lugar, pero no ha tardado mucho en darse cuenta de que sus posibilidades acaban de subir estrepitosamente. Sus gestos y la forma en la que bebe su whisky son ahora más sugerentes, ella parece responder al baile de este macho en pleno ritual de apareamiento. Él levanta una ceja en su dirección, ella responde con el mismo gesto. Él sugiere conocer el segundo piso con ella. Ella sonríe de lado mientras acaricia su mano. Él le dice su nombre y pregunta el de ella.

 -    Me encantaría acompañarte al segundo piso. Me llamo Martha pero debes saber antes de subir, que al desvestirme seré simplemente Marcos.

viernes, 10 de octubre de 2025

La estación

 



     
 

Hoy sí vendrá, de seguro que sí, tiene la certeza, aunque quizá sea sólo que la esperanza se le funde con el deseo, y está viendo zapatos de tacón color café donde no los hay. Ha esperado en la estación del tren seis meses ya, los martes y jueves de 3pm a 6pm en Santelmo. Lunes, miércoles y viernes en Buenaventura de 4pm a 7pm. Algún día tendrá que pasar por acá, se convence, es lo más lógico. Ya es capaz de reconocer los rostros familiares de completos desconocidos. El hombre de gabardina gris pasa los martes tomado de la mano de una chica evidentemente menor que él. Los jueves pasa de la mano también, con una mujer muy cercana a su edad, o al menos es lo que aparenta. Hay una madre soltera que pasa por acá con su niño corriendo siempre detrás de ella, queriendo apurar el paso, recogiendo los lápices de color que caen a su paso. Un hombre triste se sienta los lunes a fumar un cigarro junto a su banca, siempre con la mirada caída, la ropa mal planchada y los zapatos sucios.

Para estas alturas conoce mejor que nadie la estación del tren, los horarios de limpieza son siempre los mismos. Pero vale la pena, porque si ella vive en el interior, tendrá que pasar por aquí cuando venga a la capital, por trabajo o por completar algún trámite gubernamental, de esos que te obligan a subirte al tren y lidiar con el ritmo de la ciudad. Tiene que pasar por aquí alguna vez, se dice siempre para alimentar la esperanza. Aún si no trae los mismos zapatos café, sabrá reconocer el ritmo de su andar, o la forma delicada en que mueve sus caderas al caminar. La invitará a salir cuando la vea, después de un hola claro. Se frecuentarán y poco a poco se enamorarán. Se casarán y si Dios quiere tendrán hijos también. Se jubilarán y disfrutarán del tiempo libre y de sus nietos. Tiene que pasar por aquí, está seguro.

 Lo que no sabe nuestro amigo, es que ella viaja a la capital todos los días, siempre en el mismo bus.

martes, 4 de marzo de 2025

El incondicional





Mi hermano Bryan era el niño más mezquino que he conocido. Él no sabía compartir un cinco partido por la mitad. Muchas veces fui yo la víctima de su mezquindad, cuando lo veía comer galletas o paquetes enteros de picaritas o bolitas de queso sin recibir casi ninguna de su parte.
Es por eso que me parece irónico que aquel niño egoísta sea ahora la persona más generosa que conozco y que para mí y para mis hermanos sea esa persona incondicional que a lo largo del tiempo ha demostrado ser.
Hace unas semanas tuve uno de los peores sueños que he tenido, sino el peor. Soñé que él había muerto. No sé si existe peor sensación en el mundo que perder a un hermano. Quise llamarlo de inmediato, decirle que lo amo y que ni se le ocurriera morirse pronto, pero eran las tres de la mañana y no quise molestarlo, así que mejor me puse a escribir.

Mi hermano fue mi primer amigo y mi primer enemigo también. Esa persona con la que jugué soldaditos, bolinchas, basket, en fin, tantas cosas. Y fue la persona con la que siempre peleaba, precisamente por jugar soldaditos, bolinchas, basket...
Esos niños crecieron y tuvimos nuestra última pelea cuando yo tenía 12 años y él 15. Después de aquel día, se nos olvidó cómo pelear. Creo que ambos decidimos, quizá sin saberlo, quedarnos sólo con la parte divertida de aquellos niños.

Hace años tuve un carro que me dio más problemas que alegrías. Varias veces me dejó botado en media calle. La primera persona a la que llamaba era a mi hermano, y él siempre venía al rescate.

Por azares de la vida, he ido deambulando de casa en casa, de barrio en barrio y cuando llega el día de la mudanza, el común denominador de todas esas veces ha sido mi hermano. Ayudándome a desarmar chuches, meterlos al carro y volverlos a armar en el nuevo lugar.
Si mi Tata estuviera vivo seguro diría que nunca me hice hombre, porque a la fecha no sé poner un clavo, arreglar una gaveta o reparar algo que se haya roto. Para todo eso siempre ha estado mi hermano Bryan. Mi casa está llena de sus habilidades y su voluntad.

Podría seguir hablando de todas las veces que mi hermano me ha ayudado para demostrar su incondicionalidad, pero no creo que sea necesario. A estas alturas muchos habrán recordado todas las veces que él los ha ayudado también.

A mi hermano le debo más de lo que él recuerda o tiene en mente. Le debo parte de quien soy. Lo admiro como a pocos. Digamos que, si la vida fuera una carrera, es claro que yo voy detrás. Por dicha no lo es, mucho menos entre nosotros.

No me cuesta trabajo alguno desgajarme hablando de mi hermano, no sólo porque esa maldita pesadilla me quitó el sueño, sino también y sobre todo, porque él lo merece.

Hoy, sólo una cosa me queda por decir: feliz cumpleaños mi hermanillo.

viernes, 4 de octubre de 2024

Entropía


                     

La segunda ley de la termodinámica define Entropía como la parte de la energía que no puede utilizarse para realizar un trabajo, osea, energía desperdiciada. Yo he dejado de amarte por eso mismo, por entropía.

Porque no tiene sentido que te siga ofreciendo mis besos si no los quieres. Las caricias que buscas no son las de mis manos. Y volteas la mirada cuando mis ojos buscan complicidad en los tuyos.

Así que hoy he resuelto ahorrarme esa energía y no buscarte más. Para coincidir contigo, para intentar robarte un beso o para cualquier otra cosa.
Porque, aunque la entropía no sirva de nada, igualmente duele cuando viene acompañada por tu indiferencia.

No es por termodinámica que decidí no desearte más, tampoco por dignidad, si no la tuve antes. Es por las ganas cansadas del deseo.
Y aunque a veces te pienso, ya no te espero.

Hoy he barrido el polvo de las esquinas, y he descolgado las cortinas dejando desnudas las ventanas.
En una bolsa he puesto todo lo que no sirve, como mis sueños contigo; y he sacado la basura.
Y he cerrado la puerta de la calle con pasador y candado.
Y he dejado por fin vacío, el lugar donde vivían mis ganas por ti.

jueves, 4 de julio de 2024

El televisor a color



         

En mi casa siempre habíamos tenido un televisor a blanco y negro, al menos desde que tengo uso de razón. Era uno de aquellos armatostes enormes e incómodos que se jactaba de ser el principal elemento de nuestra sala. Recuerdo que tenía un par de manijas y unas cuantas perillas. Una para cambiar el canal, otra para ajustar el brillo, otra para poder sintonizar mejor los canales y así evitar que la imagen se corriera de arriba a abajo constantemente. Con todo y todo, el aparato era para mí una maravilla de la electrónica de aquellos días.

Siendo niño, yo era incapaz de entender el funcionamiento de aquel aparato. Tampoco importaba mucho hacerlo, mis hermanos y yo éramos felices viendo fábulas o programas de televisión en las noches. Las caricaturas eran para mí en blanco y negro, porque sólo así los había conocido.

En aquella época, los televisores no tenían control remoto para ajustar el volumen o cambiar el canal así que en mi casa era mi responsabilidad ejercer esas funciones. Yo fui el menor el cinco hermanos, y como tal, me tocaban siempre las peores tareas: hacer los mandados a la pulpería, llevar los platos sucios a la cocina y también, hacer de control remoto a mi familia de manera que, si en mi casa querían ver canal 6, yo estiraba el brazo y cambiaba el canal. Por eso siempre veía tele sentado en el suelo y cerca del televisor, era más fácil así.

Mi familia vivía en una casa esquinera frente a un convento de Monjas en Paso Ancho. Era una casa de muro blanco y verjas rojas, con un jardín que daba vuelta junto con la esquina. Fue en esa casa donde viviría una de las experiencias más memorables de mi niñez, aunque en ese momento no lo sabía por supuesto.

Un día de tantos, mi papá entró por la puerta de la casa cargando una caja de cartón enorme a mis ojos. Por fuera de ella, un dibujo develando su contenido, ¡era un nuevo televisor a colores!

Para un niño de mi generación, un nuevo aparato electrónico en la casa, fuera lo que fuera, era un gran acontecimiento. Este, quizá el mayor de todos, junto con el Atari por supuesto.

Mi papá quitó el viejo televisor a blanco y negro del mueble de la sala y colocó al nuevo Rey de la casa en el lugar donde permanecería por muchos años. Recuerdo que era un televisor Hitachi con cajón de plástico, el botón de encendido era rojo opaco y cuando lo presionabas, una pequeña lucecilla roja quedaba permanente encendida, era mágico realmente. Lo mejor de aquel aparato era por supuesto el control remoto, era un hermoso control remoto color negro con infinidad de botones grises y muchas más opciones que su predecesor, que tenía apenas unas cuantas perillas como ya lo mencioné. Ese control remoto significó, el fin de mis días como el mando a distancia universal de la familia. Fue una doble victoria para mí ese día.

Para ese año, yo había ingresado a Primero de la escuela en la Escuela República de Haití en San Sebastián. Mi vida transcurría entre la patineta y las fábulas de la tarde. Por aquella época, la Unión Soviética se venía abajo y Alemania se unificaba. En Chile terminaba la dictadura de Pinochet y en Nicaragua una mujer era presidenta mientras que, en Perú, era un chino el presidente.


En 1989, apenas un año atrás, la selección de Costa Rica había clasificado a su primer mundial: Italia 90. Recuerdo bien la algarabía en las calles por aquella hazaña, ¡era una locura! Aunque para ser honesto, no recuerdo el partido de clasificación per se, pero eso no importaba, éramos todos de los mismos.

Quizá el Mundial de Italia 90 fue la razón por la que mi papá había comprado aquel televisor, sin embargo, nunca le pregunté. Aquél fue mi primer mundial ya que aún era muy pequeño para recordar el anterior de México 86 aunque por una extraña razón, sí recordaba la canción oficial: México 86México 86


Con aquel televisor, y con toda mi familia reunida en la sala, fue que viví aquel mundial intensamente. Recuerdo vivamente el gol de Cayasso luego de aquel pase de taquito de Claudio Jara. El gol de cabeza de Ronald Gonzales y por supuesto, el más emocionante de todos, el gol de Medford frente a Suecia. 














Quizá la primer gran preocupación en mi vida, fue la lesión de Gabelo Conejo quien había sido uno de los más grandes héroes de aquella selección, junto con uno de los mejores porteros de aquel mundial.

También viví la desesperanza y la ira al vernos goleados en el siguiente partido debido a su ausencia. Quizá esa fue también la primera vez en mi vida que odié a alguien, porque odiaba a Hermidio Barrantes con todo mi ser de 7 años.

Recuerdo mirar por la televisión aquella famosa canción del mundial cantada en italiano, de la que no entendía nada pero que me erizaba los pelos de sólo escuchar. También observé la canción que hicieron con los seleccionados antes de partir a Italia, junto con su parodia la cuál quizá recuerdo más que la original.






Durante los siguientes meses, yo jugaba fútbol sólo en la sala de mi casa todo el tiempo con una pequeña bola alusiva al mundial que terminé de arruinar de tanto patear. Recreaba aquel taquito, aquel cabezazo y aquella corrida, vestido con el uniforme blanco y negro de la Sele que me habían comprado mis papás.

Después de ese mundial, Costa Rica tardaría doce años en regresar a uno. Es por eso por lo que aquel televisor y aquel mundial, se quedaron conmigo durante toda mi niñez y que, ahora siendo adulto y algo viejo, me dibuja una sonrisa cargada de nostalgia en el rostro.

Nunca pude agradecerle a mi papá por aquel televisor, quizá porque nunca había ahondado tanto en ese recuerdo como ahora que me siento a escribir, pero sobre todo a recordar.

Muchos años después, tendríamos nuestro segundo televisor a color en la casa, pero esa es una historia para otro día.

viernes, 7 de junio de 2024

Se suponía (Balada para una despedida)


              

Nunca dijimos que sí frente a un juez o un sacerdote,
pero se suponía que lo nuestro era para siempre.
Nunca firmamos un contrato en la parte de abajo,
porque se suponía que no nos haría falta.
Nunca celebramos aniversarios,
porque no tenía sentido si íbamos a estar juntos hasta la muerte.

Se suponía que estábamos el uno por el otro,
no el uno contra el otro.
Se suponía que superáramos los obstáculos juntos,
no que fuéramos la piedra en el zapato del otro.
Se suponía que amaneceríamos dándonos un beso, no la espalda.
Se suponía que debíamos apoyarnos,
no que fuéramos indiferentes.
Se suponía que fuéramos ayuda,
no estorbo.
Se suponía que nos quisiéramos,
no que nos guardáramos rencor.

Se suponía que yo te fuera fiel,
no que te tuviera como la número uno.
Se suponía que podía confiar en ti,
no que me traicionaras.
Se suponía que fuéramos fuego volcánico,
no hielo glaciar.
Se suponía que tocaríamos los violines hasta el final,
no que nos tiráramos por la borda para salir huyendo.
Se suponía que te alegraras cuando llegaba a casa,
no que me vieras con desgano al cruzar la puerta.
Se suponía que hiciéramos el amor,
no que nos utilizáramos para el sexo.
Se suponía que nos amáramos,
no que nos soportáramos.

En fin,
fuimos todo lo contrario de lo que quisimos ser.
Y míranos hoy,
hasta dos extraños se guardarían más respeto,
porque entre extraños no existen reclamos ni resentimientos.
¿Y qué importa ya?
Si al fin y al cabo, nunca fuimos lo que soñamos ser.

miércoles, 27 de diciembre de 2023

Como hormiguita



La primera vez que visité New York tenía veintiún años. Fue también la primera vez que viajaba en avión así que, desde el avión mismo, la inolvidable experiencia se veía venir. Apenas ayer estaba en mi casa en Hatillo 5 y hoy estoy en Manhattan. Desde la ventanilla del avión la ciudad parecía un lego de diez mil piezas, complejo y lleno de contrastes, con puentes largos y edificios apiñados como un hormiguero. Luego, recuerdo estar viajando en el tren subterráneo, cuando este salía de algún túnel y se asomaba brevemente a la luz, yo podía ver la ciudad de lejos pero no tenía yo una dimensión exacta de ella desde esa distancia. Yo iba con unos compañeros de trabajo que ya conocían la ciudad así que yo sólo los seguía. No tuve voz en decidir a dónde ir o cómo llegar ahí, yo sólo me dejé llevar, como hormiguita siguiendo la fila. Tengo una imagen en la cabeza que difícilmente se borre en lo que me resta de vida. Recuerdo estar subiendo las escaleras de la estación del metro, escuchando aún detrás mío los trenes parar y partir, el eco de las conversaciones en los túneles y la gente pasando por los trompos de acceso. A medida que subía las escaleras, esos sonidos iban levemente desapareciendo para dar paso a otro tipo de sonidos. Eran los sonidos de pitos de autos, gente caminando, tacones contra el asfalto y el viento. Era un día frío en la gran manzana. Cuando por fin pude asomar la vista en Manhattan, sentí un impacto profundo. A medida que terminaba de subir aquellas escaleras, más edificios y más grandes asomaban su cara. Me hubiera encantado ver mi rostro en aquel momento, suena cliché decirlo, pero honestamente mis ojos no podían creer las dimensiones de aquella ciudad. Como hormiguita en el desierto.

Luego de esa vez y después de muchos años, volví a sentir lo mismo en Roma cuando visité el Vittoriano, o en Arizona cuando me senté a la orilla del Gran Cañón, esas quizá son historias para otra ocasión.

Cuando tienes mucha pero mucha hambre y de pronto te ponen un banquete en frente, empiezas a comer sin medida ni orden, lo único que te interesa en ese estado es llenarte la panza con comida. Bueno, algo así sentí aquella vez. Lo quería ver todo, escucharlo todo, olerlo todo, probarlo todo. Hasta los perros gringos me parecían increíbles, sólo por ser perros de Manhattan.

Aquella vez, durante todo el día, sentí un flujo de adrenalina recorriendo mi cuerpo. No podía creer que estuviera en todos aquellos lugares que antes sólo había visto por televisión como en la película de Mi Pobre Angelito.

Creo que aquella primera vez condicionó para siempre mi vida, al menos hasta el día de hoy porque me gusta llegar a lugares por primera vez. Sentir de nuevo aquella emoción que sentí subiendo aquellas escaleras en New York. Ese es uno de los motores para mí: llegar a un lugar nuevo.

Mucha gente sueña y trabaja para tener casa propia, carro, un perro y un jardín... yo viajo y sigo soñando con hacerlo y por eso no puedo parar. Aquella primera experiencia en esa gigantesca ciudad me enseñó que hay cosas para las que yo no estaba hecho. No es el dinero, la posición, la ropa o ninguna de esas idioteces, es esa otra sensación la que me mantiene motivado. Cuando me tiro hacia atrás en un bote para explorar el océano y descubrir animales nuevos cada vez. Cuando manejo con la ventana abierta, buscando un lugar sólo para estacionar y quedarme observando el Lago Erie. Cuando me tiro de un avión o cuando no me alcanza la vista para ver más allá en las carreteras de Utah. Cuando veo el atardecer desde el ferry en Ometepe. Cuando miro hacia abajo a la ciudad de Florencia mientras muere la tarde. Cuando subo a la peñona en Nueva Esparta y recuerdo a mi primo. Cuando me pierdo por las calles de Venecia o cuando me subo al metro en Barcelona. Cuando descubro la inmensidad de las cataratas del Niágara o cuando observo por primera vez la Torre Eiffel. Cuando subo la montaña para ver de lejos el Río Columbia o cuando descubro la nieve en California. Cuando recorro en globo los restos de una civilización en México o cuando diviso al imponente Mount Hood en Oregon. Cuando me paro en la mitad del Mundo en Ecuador o cuando recorro en teleférico los barrios pobres en Santo Domingo. Cuando camino por horas sólo para subir a la Gran Colmena en Banff y poder ver Lake Louise dese ahí.

Al menos yo, prefiero seguir descubriendo lugares y personas nuevas, por eso aún alquilo una habitación y tengo el mismo carro desde hace años. Quisiera poder dedicarme a eso, pero tengo el trabajo atravesado en medio porque, aunque me gusta mi trabajo, si me dieran a escoger, de seguro no lo haría.

Después de esa primera vez en New York, fui al menos unas cinco veces más y aunque disfruté cada una de ellas, no tuvieron el impacto en mí como aquella primera vez.

Creo que lo que quiero decir es que las primeras veces siempre son especiales, todos recordamos nuestro primer beso o la primera vez que hicimos el amor. Yo por mi parte, supongo que no he madurado mucho por más que han pasado los años, porque sigo cazando primeras veces, ansioso, hambriento, intenso y supongo que seguiré buscando primeras veces hasta que me muera.

Y aunque me la he pasado hablando de mis experiencias, lo cierto es que cada quien puede agarrar para su saco. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo por primera vez? Y no me refiero a probar un nuevo detergente o una nueva hamburguesa en McDonald’s, sino a algo emocionante, algo mágico, algo que te hiciera enfrentar tus miedos, algo que te dejara sin palabras por más que las intentaras escribirlas.

Es una pregunta que tal vez no nos hacemos muy a menudo por estar tan consumidos en nuestra propia existencia y todos los altibajos que la conforman. Con todas las cuentas por pagar y los memes por descubrir. Las series de Netflix para ver y las noticias que comentar.

Quizá valga la pena, aunque sea por un instante, dejar de lado el plan de vida que hemos establecido para nosotros mismos y aventurarse a comprar ese boleto de avión, para encontrar algo nuevo, en un lugar que nunca antes has visitado, conocer a alguien que nunca pensaste conocer para tener de nuevo: una primera vez.

jueves, 28 de septiembre de 2023

La bolsa del tiempo




        


Con cuarenta años ya, soy capaz de tener recuerdos de tiempos lejanos,
como la niñez o el primer beso.
Es entonces el tiempo como una bolsa donde voy guardando recuerdos.

Guardo caricias largas de cuerpos redondos.
La memoria de una mirada fijada en la mía en medio de la noche.
Guardo viajes, pies cansados y habitaciones de hotel.
Guardo el recuerdo de amigos que ya no están.
Guardo ruedas de bicicleta y asfalto.
Guardo bolas de fútbol y goles inolvidables.
Guardo carcajadas y también llanto desesperado.

Con cuarenta años ya, la bolsa del tiempo que cargo se ha vuelto pesada.
Tanto así, que por alguna esquina descosida se han escapado algunos eventos,
porque hay cosas que,
por más que intento,
ya no puedo recordar.

Guardo unos ojos azules y una piel blanca,
que le pertenecían a una cabeza de cabello rubio y acolochado.
Guardo travesuras y malas decisiones a granel.
Y a medida que envejezco, la bolsa se hace más grande,
y los recuerdos nuevos se van transformando en viejos,
mientras que crece la nostalgia alrededor de ellos.

Llegará el día en que mi mente no sea la misma,
y no pueda recurrir a los recuerdos en el fondo de la bolsa.
Pero mientras eso suceda,
seguiré creando recuerdos,
aun sabiendo que después no podré acudir a ellos.

Y si vivir se tratara de crear buenos recuerdos,
entonces puedo morir tranquilo cualquier día de estos.

lunes, 14 de agosto de 2023

Las pastillas de Chiquitolina

  


        

Hace unos días andaba como loco por la casa buscando un cuaderno de apuntes viejo, ese que había empezado en el colegio y donde guardo los pensamientos absurdos de un adolescente jugando a escribir. Había buscado en los lugares más obvios en los que yo pensaba que podía estar, pero no estaba. Y es que a veces me toma algún tiempo darme cuenta que buscar cosas valiosas sin hacer mucho esfuerzo, sólo me hace perder el tiempo.


Así que busqué en los lugares que me daba más pereza buscar, porque eran los más recónditos y los que ocupaban mayor esfuerzo. En la caja de chunches debajo de la cama, arriba del armario, en los asientos de Pequeño Mundo que también son cajas. Fue en una de ellas que me encontré con un pequeño frasco de pastillas, que honestamente no recordaba de dónde había salido. Y es que a veces, buscando una cosa, damos con otra diferente que nos fuerza a hacer una pausa, como aquella vez que encontré el amor mientras buscaba una camisa en el centro comercial.


Eran las pastillas de Chiquitolina del Chapulín Colorado, sí sí así como lo oyen! Bueno al menos eso era lo que decía el frasco. ¿Cómo diablos llegó esto aquí!? Cuando agité el frasco, noté que quedaba solamente una pastilla. Suspendí mi búsqueda, que en ese momento ya no parecía tan importante. Me senté y pensé por un rato qué hacer con la pastilla. Tomé valor y me la tomé esperando no sé qué. Lo que sucedió después, nadie me lo va a creer. Van a decir que se trata de alguna mentira (algún truco de video), pero sólo yo sé que fue cierto. Porque me había reducido de tamaño, medía si acaso unos 15 centímetros.


Desde ahí abajo, todo se veía muy diferente, no sólo más grande sino, no sé... diferente. Y es que a veces, basta con ver las cosas desde otra perspectiva para tener una mejor idea de ellas.

Aproveché para rondar por los lugares de mi casa, la sala, la cocina, mi cuarto. Me di cuenta que mi cama era un completo paraíso.
No estaba seguro de cuánto duraría el efecto de la pastilla así que quería aprovechar el momento, Carpe diem que le llaman. No pensaba mucho en los efectos que la pastilla podría causarle en mi cuerpo, no quería gastar el tiempo en eso. Y es que a veces, hay que enfocarse en vivir el momento y no dejarse amargar por la incertidumbre del futuro.

Se me ocurrió comer algo en ese estado, un tres leches gigante o un sándwich monumental. No me juzguen, cualquier persona en mi lugar hubiera pensado lo mismo. Pero no pude abrir la refrigeradora, por más que intenté, la puerta era demasiado pesada para mi tamaño. Y es que a veces no basta con querer las cosas, están más allá de nuestras fuerzas o de nuestra voluntad.

Habían pasado unos treinta minutos y yo seguía del tamaña de un muñeco de los JI Joe, hasta que empecé a experimentar algo así como sintiendo que no estaba sintiendo nada y recuperé mi tamaño normal.

Me sentí diminuto, incluso después de haber vuelto a la normalidad. Y entonces entendí que mis complejos, mis deseos, mis problemas, mis preocupaciones, eran todas diminutas también y que soy yo mismo quien a veces se vuelve pequeño ante todas ellas.

Hasta el día de hoy, no sé de dónde salieron las pastillas, pero a veces es así, no importa de dónde vienen las personas ni su pasado, lo que importa es que ya están aquí.

Ahora me siento estúpido de haber necesitado las pastillas de Chiquitolina para darme cuenta de todo esto. Y puede que no sea yo más noble que una lechuga, ni más ágil que un ratón, pero ahora me gusta de vez en cuando hacerme pequeño, guardar silencio y observar a mi alrededor, para escuchar a aquella pequeña vos, que generalmente habla hinchada de razón y que sabe mejor que nadie, lo que realmente busca el corazón.

martes, 13 de junio de 2023

Cae la tarde

 

(Atardecer en Heredia)

           

Cae la tarde,
una fresca brisa empieza a recorrer la costa,
los pájaros negros cruzan el cielo de lado a lado,
el celeste comienza a amarillarse.

Cae la tarde
y en algún lugar, una pareja ha dejado de amarse,
alguien más ha roto una promesa,
junto con un corazón.

Cae la tarde,
y su pesada cortina lastima los hombros de un hombre solitario,
una mujer llora a solas en su cuarto,
mientras nacen dos nuevas soledades.

Cae la tarde,
y no hay quien tenga fuerzas para levantarla.

miércoles, 5 de abril de 2023

Cosmovisión

 



         

Anoche me fui a la cama tarde viendo un capítulo de una serie que no mencionaré. Y no lo haré porque no quiero crear prejuicios o expectativas en el lector. Era una historia de amor, aunque el tema principal de la serie era completamente diferente.

 Apagué el televisor e intenté dormir, pero no pude. Aquellas imágenes aún frescas en mi mente se habían quedado clavadas en mi cabeza como dardos sobre un corcho. Y sé bien que sólo es un show, y que la historia es pura ficción, y que los protagonistas son actores pagados. Y aun así, lograron quitarme el sueño. Bastaron unas suaves notas de piano para llamar mi atención, luego de eso todo fue cuesta abajo.

 "You had me from hello".

Entre más veía aquel capítulo, más me identificaba con la historia y con las emociones de sus personajes. Quería recordar los diálogos exactos de las escenas que más me habían gustado, así que repasaba esas escenas en mi mente una y otra vez, como las vueltas que da un molino de viento.

El hecho es que, a pesar de no aparentarlo, suelo ser una persona sensible y muy impresionable cuando de romance se trata y algo muy mío se dejó emocionar fácilmente anoche.
Como casi siempre sucede, aproveché el insomnio para escribir estas palabras y para pensar también.

Nunca soñé con terminar mi vida junto a alguien, pero he de confesar que estoy enamorado, y bajo ese efecto, me es ahora imposible no dejar de soñar con ello. Mi amor es el mejor de todos, precisamente por ser mío, y aunque me desesperan sus muchas absurdas manías, no quiero imaginar la vida sin su compañía.

Esos viejitos de la serie seremos nosotros, puedo verlo claramente, y me emociona que sea así. Seguramente para esas alturas, habrás podido entender al fin mi mal humor a veces, mientras tus manías serán invisibles para mí. Entonces te amaré por las mismas razones por las que agotas mi paciencia ahora.

 No es que quiera envejecer, pero tengo que hacerlo, y me alegra mucho hacerlo contigo. Te daré un beso y nos diremos buenas noches, es así como quiero morir.

viernes, 31 de marzo de 2023

He pensado en vos


     


Mis ganas de escribirte,
como olas gigantes muriendo sobre la costa.
Tengo tantas ganas de escucharte,
pareciera que es sólo cuestión de levantar el teléfono y llamarte,
pero no.

No se trata de besos o caricias esto que siento,
se trata sólo de verte,
tan simple como eso.
De ver tu cuerpo a contraluz sobre aquella playa,
como la primera vez.

Quisiera tener la serenidad del mar a cincuenta metros de la costa,
justo allí donde no habitan las olas,
y la bravura del mar guarda silencio,
allí donde sobra la calma.

Hoy he visto el atardecer y he pensado en vos,
no con deseo y mucho menos con nostalgia,
sólo eso,
que he pensado en vos.
Hasta donde sé,
no tiene nada de malo hacerlo.
Digamos que eché una cana al aire con tu memoria.

Ya después,
la tarde murió justo frente a mí,
y con ella murió también,
todo el tiempo que te regalé.

Una vez más


          


Cierta melodía me recuerda días lejanos del pasado,
y sentado en la fila 20, asiento D de este avión,
vuelve mi memoria allá.
Al momento justo de nuestro primer beso,
cuando aún corría inocencia en nuestras venas
y mezclábamos besos con juegos de niños.

Era tu pelo rubio que jugaba con mis dedos y no al revés,
mientras nos tendíamos sobre aquel zacate aún verde de lluvias pasadas.
"Me gustas mucho" te dije,
mientras jugábamos a encontrar figuras en las nubes.
No dijiste nada, pero igual no hizo falta,
porque la forma en que reposabas tu cabeza en mi pecho lo decía todo.

No volví a verte el verano siguiente,
ni ningún otro verano después de aquél.
Y es irónico que te recuerde justo ahora,
en este avión,
en un vuelo corto de memoria larga.

De todas las personas que existen,
sólo yo te pienso de esta manera,
ahora que han pasado tantos años,
ahora que eres más un recuerdo que una persona.

Me ha encantado pensar en vos,
pero ahora el capitán ha anunciado el descenso así que recojo mi bandeja,
reclino mi asiento,
me ajusto el cinturón de seguridad y te olvido, una vez más...

viernes, 3 de marzo de 2023

Quédate a dormir


           


Cuando no puedo dormir pienso en vos,
así por lo menos no malgasto el tiempo.
Aunque ahora que lo pienso bien,
es un desperdicio el tiempo cuando transcurre sin vos.
Y es compañera indeseable la noche cuando no estás,
y fría mi cama cuando no duermes en ella.

Siquiera, quisiera tener tu cuerpo dormido junto a mío
para acompañar a mi desvelo.
Por eso no me bastan ya dos noches a la semana para verte.
Es como si, cuando no estás,
mi mente me castigara con la falta de sueño por tu ausencia.

A veces imagino que duermes conmigo,
pero no hay almohada tan suave como tu piel,
ni cobija tan cálida como tu cuerpo.
Y no hay pensamiento que apague mis ganas de abrazarte al dormir.

Si a estas alturas no lo has entendido ya,
quizá sea culpa mía,
por andarme por las ramas y querer decirte algo tan simple
con algo tan complicado como una poesía.
El hecho es que cada vez te extraño más
y quiero pedirte que, al menos por esta noche,
te quedes a dormir.