miércoles, 27 de diciembre de 2023

Como hormiguita



La primera vez que visité New York tenía veintiún años. Fue también la primera vez que viajaba en avión así que, desde el avión mismo, la inolvidable experiencia se veía venir. Apenas ayer estaba en mi casa en Hatillo 5 y hoy estoy en Manhattan. Desde la ventanilla del avión la ciudad parecía un lego de diez mil piezas, complejo y lleno de contrastes, con puentes largos y edificios apiñados como un hormiguero. Luego, recuerdo estar viajando en el tren subterráneo, cuando este salía de algún túnel y se asomaba brevemente a la luz, yo podía ver la ciudad de lejos pero no tenía yo una dimensión exacta de ella desde esa distancia. Yo iba con unos compañeros de trabajo que ya conocían la ciudad así que yo sólo los seguía. No tuve voz en decidir a dónde ir o cómo llegar ahí, yo sólo me dejé llevar, como hormiguita siguiendo la fila. Tengo una imagen en la cabeza que difícilmente se borre en lo que me resta de vida. Recuerdo estar subiendo las escaleras de la estación del metro, escuchando aún detrás mío los trenes parar y partir, el eco de las conversaciones en los túneles y la gente pasando por los trompos de acceso. A medida que subía las escaleras, esos sonidos iban levemente desapareciendo para dar paso a otro tipo de sonidos. Eran los sonidos de pitos de autos, gente caminando, tacones contra el asfalto y el viento. Era un día frío en la gran manzana. Cuando por fin pude asomar la vista en Manhattan, sentí un impacto profundo. A medida que terminaba de subir aquellas escaleras, más edificios y más grandes asomaban su cara. Me hubiera encantado ver mi rostro en aquel momento, suena cliché decirlo, pero honestamente mis ojos no podían creer las dimensiones de aquella ciudad. Como hormiguita en el desierto.

Luego de esa vez y después de muchos años, volví a sentir lo mismo en Roma cuando visité el Vittoriano, o en Arizona cuando me senté a la orilla del Gran Cañón, esas quizá son historias para otra ocasión.

Cuando tienes mucha pero mucha hambre y de pronto te ponen un banquete en frente, empiezas a comer sin medida ni orden, lo único que te interesa en ese estado es llenarte la panza con comida. Bueno, algo así sentí aquella vez. Lo quería ver todo, escucharlo todo, olerlo todo, probarlo todo. Hasta los perros gringos me parecían increíbles, sólo por ser perros de Manhattan.

Aquella vez, durante todo el día, sentí un flujo de adrenalina recorriendo mi cuerpo. No podía creer que estuviera en todos aquellos lugares que antes sólo había visto por televisión como en la película de Mi Pobre Angelito.

Creo que aquella primera vez condicionó para siempre mi vida, al menos hasta el día de hoy porque me gusta llegar a lugares por primera vez. Sentir de nuevo aquella emoción que sentí subiendo aquellas escaleras en New York. Ese es uno de los motores para mí: llegar a un lugar nuevo.

Mucha gente sueña y trabaja para tener casa propia, carro, un perro y un jardín... yo viajo y sigo soñando con hacerlo y por eso no puedo parar. Aquella primera experiencia en esa gigantesca ciudad me enseñó que hay cosas para las que yo no estaba hecho. No es el dinero, la posición, la ropa o ninguna de esas idioteces, es esa otra sensación la que me mantiene motivado. Cuando me tiro hacia atrás en un bote para explorar el océano y descubrir animales nuevos cada vez. Cuando manejo con la ventana abierta, buscando un lugar sólo para estacionar y quedarme observando el Lago Erie. Cuando me tiro de un avión o cuando no me alcanza la vista para ver más allá en las carreteras de Utah. Cuando veo el atardecer desde el ferry en Ometepe. Cuando miro hacia abajo a la ciudad de Florencia mientras muere la tarde. Cuando subo a la peñona en Nueva Esparta y recuerdo a mi primo. Cuando me pierdo por las calles de Venecia o cuando me subo al metro en Barcelona. Cuando descubro la inmensidad de las cataratas del Niágara o cuando observo por primera vez la Torre Eiffel. Cuando subo la montaña para ver de lejos el Río Columbia o cuando descubro la nieve en California. Cuando recorro en globo los restos de una civilización en México o cuando diviso al imponente Mount Hood en Oregon. Cuando me paro en la mitad del Mundo en Ecuador o cuando recorro en teleférico los barrios pobres en Santo Domingo. Cuando camino por horas sólo para subir a la Gran Colmena en Banff y poder ver Lake Louise dese ahí.

Al menos yo, prefiero seguir descubriendo lugares y personas nuevas, por eso aún alquilo una habitación y tengo el mismo carro desde hace años. Quisiera poder dedicarme a eso, pero tengo el trabajo atravesado en medio porque, aunque me gusta mi trabajo, si me dieran a escoger, de seguro no lo haría.

Después de esa primera vez en New York, fui al menos unas cinco veces más y aunque disfruté cada una de ellas, no tuvieron el impacto en mí como aquella primera vez.

Creo que lo que quiero decir es que las primeras veces siempre son especiales, todos recordamos nuestro primer beso o la primera vez que hicimos el amor. Yo por mi parte, supongo que no he madurado mucho por más que han pasado los años, porque sigo cazando primeras veces, ansioso, hambriento, intenso y supongo que seguiré buscando primeras veces hasta que me muera.

Y aunque me la he pasado hablando de mis experiencias, lo cierto es que cada quien puede agarrar para su saco. ¿Cuándo fue la última vez que hicimos algo por primera vez? Y no me refiero a probar un nuevo detergente o una nueva hamburguesa en McDonald’s, sino a algo emocionante, algo mágico, algo que te hiciera enfrentar tus miedos, algo que te dejara sin palabras por más que las intentaras escribirlas.

Es una pregunta que tal vez no nos hacemos muy a menudo por estar tan consumidos en nuestra propia existencia y todos los altibajos que la conforman. Con todas las cuentas por pagar y los memes por descubrir. Las series de Netflix para ver y las noticias que comentar.

Quizá valga la pena, aunque sea por un instante, dejar de lado el plan de vida que hemos establecido para nosotros mismos y aventurarse a comprar ese boleto de avión, para encontrar algo nuevo, en un lugar que nunca antes has visitado, conocer a alguien que nunca pensaste conocer para tener de nuevo: una primera vez.

jueves, 28 de septiembre de 2023

La bolsa del tiempo




        


Con cuarenta años ya, soy capaz de tener recuerdos de tiempos lejanos,
como la niñez o el primer beso.
Es entonces el tiempo como una bolsa donde voy guardando recuerdos.

Guardo caricias largas de cuerpos redondos.
La memoria de una mirada fijada en la mía en medio de la noche.
Guardo viajes, pies cansados y habitaciones de hotel.
Guardo el recuerdo de amigos que ya no están.
Guardo ruedas de bicicleta y asfalto.
Guardo bolas de fútbol y goles inolvidables.
Guardo carcajadas y también llanto desesperado.

Con cuarenta años ya, la bolsa del tiempo que cargo se ha vuelto pesada.
Tanto así, que por alguna esquina descosida se han escapado algunos eventos,
porque hay cosas que,
por más que intento,
ya no puedo recordar.

Guardo unos ojos azules y una piel blanca,
que le pertenecían a una cabeza de cabello rubio y acolochado.
Guardo travesuras y malas decisiones a granel.
Y a medida que envejezco, la bolsa se hace más grande,
y los recuerdos nuevos se van transformando en viejos,
mientras que crece la nostalgia alrededor de ellos.

Llegará el día en que mi mente no sea la misma,
y no pueda recurrir a los recuerdos en el fondo de la bolsa.
Pero mientras eso suceda,
seguiré creando recuerdos,
aun sabiendo que después no podré acudir a ellos.

Y si vivir se tratara de crear buenos recuerdos,
entonces puedo morir tranquilo cualquier día de estos.

lunes, 14 de agosto de 2023

Las pastillas de Chiquitolina

  


        

Hace unos días andaba como loco por la casa buscando un cuaderno de apuntes viejo, ese que había empezado en el colegio y donde guardo los pensamientos absurdos de un adolescente jugando a escribir. Había buscado en los lugares más obvios en los que yo pensaba que podía estar, pero no estaba. Y es que a veces me toma algún tiempo darme cuenta que buscar cosas valiosas sin hacer mucho esfuerzo, sólo me hace perder el tiempo.


Así que busqué en los lugares que me daba más pereza buscar, porque eran los más recónditos y los que ocupaban mayor esfuerzo. En la caja de chunches debajo de la cama, arriba del armario, en los asientos de Pequeño Mundo que también son cajas. Fue en una de ellas que me encontré con un pequeño frasco de pastillas, que honestamente no recordaba de dónde había salido. Y es que a veces, buscando una cosa, damos con otra diferente que nos fuerza a hacer una pausa, como aquella vez que encontré el amor mientras buscaba una camisa en el centro comercial.


Eran las pastillas de Chiquitolina del Chapulín Colorado, sí sí así como lo oyen! Bueno al menos eso era lo que decía el frasco. ¿Cómo diablos llegó esto aquí!? Cuando agité el frasco, noté que quedaba solamente una pastilla. Suspendí mi búsqueda, que en ese momento ya no parecía tan importante. Me senté y pensé por un rato qué hacer con la pastilla. Tomé valor y me la tomé esperando no sé qué. Lo que sucedió después, nadie me lo va a creer. Van a decir que se trata de alguna mentira (algún truco de video), pero sólo yo sé que fue cierto. Porque me había reducido de tamaño, medía si acaso unos 15 centímetros.


Desde ahí abajo, todo se veía muy diferente, no sólo más grande sino, no sé... diferente. Y es que a veces, basta con ver las cosas desde otra perspectiva para tener una mejor idea de ellas.

Aproveché para rondar por los lugares de mi casa, la sala, la cocina, mi cuarto. Me di cuenta que mi cama era un completo paraíso.
No estaba seguro de cuánto duraría el efecto de la pastilla así que quería aprovechar el momento, Carpe diem que le llaman. No pensaba mucho en los efectos que la pastilla podría causarle en mi cuerpo, no quería gastar el tiempo en eso. Y es que a veces, hay que enfocarse en vivir el momento y no dejarse amargar por la incertidumbre del futuro.

Se me ocurrió comer algo en ese estado, un tres leches gigante o un sándwich monumental. No me juzguen, cualquier persona en mi lugar hubiera pensado lo mismo. Pero no pude abrir la refrigeradora, por más que intenté, la puerta era demasiado pesada para mi tamaño. Y es que a veces no basta con querer las cosas, están más allá de nuestras fuerzas o de nuestra voluntad.

Habían pasado unos treinta minutos y yo seguía del tamaña de un muñeco de los JI Joe, hasta que empecé a experimentar algo así como sintiendo que no estaba sintiendo nada y recuperé mi tamaño normal.

Me sentí diminuto, incluso después de haber vuelto a la normalidad. Y entonces entendí que mis complejos, mis deseos, mis problemas, mis preocupaciones, eran todas diminutas también y que soy yo mismo quien a veces se vuelve pequeño ante todas ellas.

Hasta el día de hoy, no sé de dónde salieron las pastillas, pero a veces es así, no importa de dónde vienen las personas ni su pasado, lo que importa es que ya están aquí.

Ahora me siento estúpido de haber necesitado las pastillas de Chiquitolina para darme cuenta de todo esto. Y puede que no sea yo más noble que una lechuga, ni más ágil que un ratón, pero ahora me gusta de vez en cuando hacerme pequeño, guardar silencio y observar a mi alrededor, para escuchar a aquella pequeña vos, que generalmente habla hinchada de razón y que sabe mejor que nadie, lo que realmente busca el corazón.

martes, 13 de junio de 2023

Cae la tarde

 

(Atardecer en Heredia)

           

Cae la tarde,
una fresca brisa empieza a recorrer la costa,
los pájaros negros cruzan el cielo de lado a lado,
el celeste comienza a amarillarse.

Cae la tarde
y en algún lugar, una pareja ha dejado de amarse,
alguien más ha roto una promesa,
junto con un corazón.

Cae la tarde,
y su pesada cortina lastima los hombros de un hombre solitario,
una mujer llora a solas en su cuarto,
mientras nacen dos nuevas soledades.

Cae la tarde,
y no hay quien tenga fuerzas para levantarla.

miércoles, 5 de abril de 2023

Cosmovisión

 



         

Anoche me fui a la cama tarde viendo un capítulo de una serie que no mencionaré. Y no lo haré porque no quiero crear prejuicios o expectativas en el lector. Era una historia de amor, aunque el tema principal de la serie era completamente diferente.

 Apagué el televisor e intenté dormir, pero no pude. Aquellas imágenes aún frescas en mi mente se habían quedado clavadas en mi cabeza como dardos sobre un corcho. Y sé bien que sólo es un show, y que la historia es pura ficción, y que los protagonistas son actores pagados. Y aun así, lograron quitarme el sueño. Bastaron unas suaves notas de piano para llamar mi atención, luego de eso todo fue cuesta abajo.

 "You had me from hello".

Entre más veía aquel capítulo, más me identificaba con la historia y con las emociones de sus personajes. Quería recordar los diálogos exactos de las escenas que más me habían gustado, así que repasaba esas escenas en mi mente una y otra vez, como las vueltas que da un molino de viento.

El hecho es que, a pesar de no aparentarlo, suelo ser una persona sensible y muy impresionable cuando de romance se trata y algo muy mío se dejó emocionar fácilmente anoche.
Como casi siempre sucede, aproveché el insomnio para escribir estas palabras y para pensar también.

Nunca soñé con terminar mi vida junto a alguien, pero he de confesar que estoy enamorado, y bajo ese efecto, me es ahora imposible no dejar de soñar con ello. Mi amor es el mejor de todos, precisamente por ser mío, y aunque me desesperan sus muchas absurdas manías, no quiero imaginar la vida sin su compañía.

Esos viejitos de la serie seremos nosotros, puedo verlo claramente, y me emociona que sea así. Seguramente para esas alturas, habrás podido entender al fin mi mal humor a veces, mientras tus manías serán invisibles para mí. Entonces te amaré por las mismas razones por las que agotas mi paciencia ahora.

 No es que quiera envejecer, pero tengo que hacerlo, y me alegra mucho hacerlo contigo. Te daré un beso y nos diremos buenas noches, es así como quiero morir.

viernes, 31 de marzo de 2023

He pensado en vos


     


Mis ganas de escribirte,
como olas gigantes muriendo sobre la costa.
Tengo tantas ganas de escucharte,
pareciera que es sólo cuestión de levantar el teléfono y llamarte,
pero no.

No se trata de besos o caricias esto que siento,
se trata sólo de verte,
tan simple como eso.
De ver tu cuerpo a contraluz sobre aquella playa,
como la primera vez.

Quisiera tener la serenidad del mar a cincuenta metros de la costa,
justo allí donde no habitan las olas,
y la bravura del mar guarda silencio,
allí donde sobra la calma.

Hoy he visto el atardecer y he pensado en vos,
no con deseo y mucho menos con nostalgia,
sólo eso,
que he pensado en vos.
Hasta donde sé,
no tiene nada de malo hacerlo.
Digamos que eché una cana al aire con tu memoria.

Ya después,
la tarde murió justo frente a mí,
y con ella murió también,
todo el tiempo que te regalé.

Una vez más


          


Cierta melodía me recuerda días lejanos del pasado,
y sentado en la fila 20, asiento D de este avión,
vuelve mi memoria allá.
Al momento justo de nuestro primer beso,
cuando aún corría inocencia en nuestras venas
y mezclábamos besos con juegos de niños.

Era tu pelo rubio que jugaba con mis dedos y no al revés,
mientras nos tendíamos sobre aquel zacate aún verde de lluvias pasadas.
"Me gustas mucho" te dije,
mientras jugábamos a encontrar figuras en las nubes.
No dijiste nada, pero igual no hizo falta,
porque la forma en que reposabas tu cabeza en mi pecho lo decía todo.

No volví a verte el verano siguiente,
ni ningún otro verano después de aquél.
Y es irónico que te recuerde justo ahora,
en este avión,
en un vuelo corto de memoria larga.

De todas las personas que existen,
sólo yo te pienso de esta manera,
ahora que han pasado tantos años,
ahora que eres más un recuerdo que una persona.

Me ha encantado pensar en vos,
pero ahora el capitán ha anunciado el descenso así que recojo mi bandeja,
reclino mi asiento,
me ajusto el cinturón de seguridad y te olvido, una vez más...

viernes, 3 de marzo de 2023

Quédate a dormir


           


Cuando no puedo dormir pienso en vos,
así por lo menos no malgasto el tiempo.
Aunque ahora que lo pienso bien,
es un desperdicio el tiempo cuando transcurre sin vos.
Y es compañera indeseable la noche cuando no estás,
y fría mi cama cuando no duermes en ella.

Siquiera, quisiera tener tu cuerpo dormido junto a mío
para acompañar a mi desvelo.
Por eso no me bastan ya dos noches a la semana para verte.
Es como si, cuando no estás,
mi mente me castigara con la falta de sueño por tu ausencia.

A veces imagino que duermes conmigo,
pero no hay almohada tan suave como tu piel,
ni cobija tan cálida como tu cuerpo.
Y no hay pensamiento que apague mis ganas de abrazarte al dormir.

Si a estas alturas no lo has entendido ya,
quizá sea culpa mía,
por andarme por las ramas y querer decirte algo tan simple
con algo tan complicado como una poesía.
El hecho es que cada vez te extraño más
y quiero pedirte que, al menos por esta noche,
te quedes a dormir.

viernes, 17 de febrero de 2023

Herencia


  


Ahora noto en mí las manías de mi padre,
ni hablar de las de mi madre.
Como el mal humor al manejar
o la obsesión con el orden de los vasos en el mueble de la cocina.
Como llevar el ritmo de la música con el volante del auto,
o acomodar la ropa limpia por colores.


¿Y cómo no notar estas cosas y muchas más?
es que entiendo que soy más que yo mismo,
que soy gallo pinto con cuajada,
que soy café con leche tibia,
tortilla palmeada con frijoles molidos.


Soy mi padre y mi madre encarnados,
junto con toda su historia,
y soy algo más también,
algo que me hace único y que me hacer ser yo,
que no entiendo qué es, ni de donde viene,
supongo que es esa parte de mí que busca el arte,
que lee poesía por las noches,
la que se desvela buscando palabras,
la que escribe cosas como esta,
la que se compró un piano y no ha aprendido a tocarlo,
la que sueña con escribir un libro algún día,
esa parte de mí que sólo a mí me gusta,
la impopular, la marginada, la solitaria.


Me gusta esa parte de mí,
me gusta tanto que dedico mi vida a complacerla,
como niña malcriada,
y entre más viejo me vuelvo,
más fácilmente me controla,
y más me parezco a mi padre y a mi madre,
pero estoy seguro que esto no me pasa sólo a mí,
estoy seguro que hay otros que llevan con orgullo
los gestos de sus padres junto con los propios.


A esta edad ya debería tener hijos,
pero no los tengo,
así que supongo que a nadie dejaré mis gestos,
sólo estas palabras,
que dejo a quien quiera leerlas,
como una herencia que nadie quiere y nadie esperaba.

viernes, 13 de enero de 2023

Viajar en tren



Me gusta viajar en tren, viajar sin la preocupación diaria del tráfico,
con la tranquilidad de poder cerrar los ojos si quiero, para respirar más hondo o para escuchar la letra de esa canción que tanto me gusta.
Me gusta saber que viajo lo suficientemente rápido como para no sufrir retrasos, y lo suficientemente lento como para apreciar el paisaje, aunque sea por un momento nada más.

Echo un vistazo a las casas al lado de la línea del tren, observo cómo viven las personas dentro de ellas, imagino sus vidas y sus conflictos, sus amores y sus fracasos, después de todo, la vida es igual para todos.
Pero el tiempo no me alcanza porque rápidamente aparece en mi ventana otra de esas casas y empiezo de nuevo el cuento.

Me gusta viajar en tren, porque me gusta la versatilidad que la experiencia ofrece, a diferencia de viajar en avión, porque así puedo evitar largas horas de espera en el aeropuerto. A diferencia de viajar en auto también, porque reconozco que cada vez tengo menos paciencia para hacerlo.

Me gusta viajar en tren porque es un recordatorio de vivir el momento, reconocer que todo es pasajero: las ganas, las fuerzas, las personas, las etapas... Reconocer además que las apariencias no duran para siempre.

Viajar en tren me enseña que de nada sirve aferrarme y tener apegos y que se viaja mejor cuando se viaja ligero. A disfrutar el instante y revivirlo en mi mente, cuantas veces yo quiera, hasta que ese recuerdo vaya desvaneciéndose, porque todo se desvanece. Lo hicieron mi papá, mi primo, y le seguirán otros, incluso yo mismo cualquier día de estos.

Ahora tengo casi cuarenta años y hay cosas de mis veintes que no recuerdo, y está todo bien, hace mucho tiempo que mi tren pasó por esa estación y honestamente no deseo volver a ella.

Ahorita viajamos hacia Ottawa, y aunque deseo con ansias conocer esa ciudad, por ahora prefiero disfrutar este viaje porque recuerdo que lo importante es el viaje y no la meta, porque las metas ilusionan, pero son los viajes los que enamoran, y las personas que decidimos incluir en él.

A veces sorbo un trago de café, para agregarle sabor a esta memoria. Y entonces cuando tome café alguna otra vez, recordaré este viaje.
Espero viajar en tren muchas otras veces después de esta, pero al menos hoy, como hizo Andrómeda alguna vez, me entrego a este viaje, un viaje de otoño tricolor con sabor a café.