lunes, 5 de septiembre de 2022

El paseo a la playa


        

Ser niños para muchos fue lo mejor que nos pasó en la vida, por tantas razones que resultaría inútil tratar de mencionarlas todas,
por supuesto que en su momento no sabíamos que iba a ser la mejor etapa,
¿y cómo íbamos a saberlo si no teníamos otras etapas con qué compararla?

De seguro que a muchos nos llevaron nuestros papás de paseo alguna vez.
En mi casa, íbamos de paseo cuando mi papá decía.
Mi papá era un señor bastante malhumorado y difícil de tratar,
pero cuando nos llevaba de paseo,
él era esplendido en cada cosa, en cada detalle.

Para mis hermanos y para mí,
el paseo empezaba la noche anterior,
cuando preparábamos los sándwiches que llevaríamos,
los apretados de fresa, crema y chocolate,
los huevos duros,
la ropa que usaríamos,
los juguetes que llevaríamos.
En fin, la noche anterior a un paseo era en mi casa un gran acontecimiento,
era la antesala de toda la diversión que nos esperaba.

A mi hermano y a mí nos costaba mucho conciliar el sueño esa noche,
eran tantas las ansias por llegar a aquél lugar,
que nuestro cerebro nos inundaba la cabeza
con imágenes de todas las posibles cosas que haríamos al llegar a la playa o al río,
porque generalmente eran esos lugares a los que nos llevaba mi papá.

Estas eran las únicas ocasiones en que no necesitábamos que mi mamá
nos despertara,
a diferencia de cuando nos tocaba escuela en la mañana.
Para cuando era hora de levantarse mi hermano y yo ya estábamos listos
con los bultos cargados y los zapatos puestos.

Mi papá siempre revisaba el carro antes de salir y nosotros esperábamos la señal:
"Ya pueden meter los bultos al carro" decía
y no se ocupaba una palabra más para correr despotrancados hacia el carro.

La hielera con la comida, la bola para jugar, el perro,
en unos pocos minutos ya estábamos listos para zarpar a la aventura,
y lo hacíamos.
Yo observaba como íbamos alejándonos poco a poco de todos los lugares que para mí eran conocidos,
para adentrarse en tierra desconocida,
pero que nos llevaría por fin al lugar que nos quitó el sueño esa misma noche.

Durante el transcurso del viaje,
sólo era permitida una música dentro del carro,
la música de mi papá obviamente,
es por eso que me volví tan fanático de los boleros de Luis Miguel,
y que aún hoy cuando los escucho, me recuerdan tanto a él.

Tengo imágenes que se han quedado conmigo todos estos años,
y que a estas alturas de la vida, dudo mucho que las pierda:
A mi mamá dándole de comer maní o semillas de marañón a mi papá con la mano para que él no soltara el volante.
A mis hermanos y a mí despidiéndonos de nuestro amigo imaginario por la ventana trasera de la camioneta de mi papá.
A mi papá golpeando el volante al ritmo de su música,
esto es algo que yo hago siempre que voy manejando por cierto,
como una de esas cosas que uno aprende de tanto ver y que resultan indispensables de hacer.

¿Falta mucho para llegar? era la pregunta que no podía faltar,
"falta tanto tiempo decía mi mamá" y yo empezaba la cuenta regresiva,
chequeando el reloj cada 30 segundos para ver cuánto tiempo había transcurrido desde la última vez que me fijé.

Cuando a lo lejos podíamos ver al fin la playa,
la emoción se apoderaba de nosotros
y actuábamos como unos completos chimpancés,
se nos salía por los poros la alegría.
Mi hermano y yo no tardábamos en quitarnos los zapatos y ponernos la ropa de playa para no perder un sólo segundo al llegar.

Cuando por fin llegábamos al lugar y mi papá daba la señal de salida,
actuábamos como completos incivilizados,
salíamos desbocados como si regalaran plata,
parecíamos toros furiosos cuando se abre la puerta del redondel,
salíamos disparados como agua por una manguera cuando le has tapado con el dedo unos segundos,
obedecíamos estrictamente a nuestros instintos animales sin preocuparnos de nada,
porque para preocuparse estaban mis papas.
Esa era parte de la belleza de ser niño, la completa despreocupación por los efectos de los rayos del sol en la piel, o de lo peligroso de las mareas, o de no alejarse demasiado de nuestra base.

Para un niño es importante sentirse validado por sus padres,
así que practicábamos clavados increíbles en el agua para que ellos nos vieran,
de alguna estúpida manera creíamos que eso los hacía sentirse orgullosos,
pero no era así, los hacía sentirse felices al vernos felices a nosotros.

Luego venía la hora del almuerzo,
que esperábamos con ansias,
para poder disfrutar de la comida que habíamos preparado la noche anterior.
A mi papá le encantaba vernos comer hasta reventar,
era un placer que se guardaba sólo para él.

A la hora del regreso,
ya no importaba nada,
ya habíamos tenido suficiente de las olas y el sol,
de la comida y los juegos,
a esas alturas lo único que querían nuestros quemados cuerpos era descansar,
así que dormíamos en el carro de regreso a casa,
mientras mi papá se encargaba de que llegáramos sanos y salvos.

El paseo a la playa con los papás era de las cosas que,
de niños,
nos hacía sentir orgullosos.
En la escuela contábamos nuestras aventuras de verano
y aunque fuera tan sólo por un instante, se nos inflaba el pecho de vanidad.

Ahora soy viejo y no tengo hijos,
y quizá nunca los tenga,
así que esos paseos se quedarán conmigo solamente,
pero no me importa,
porque siento rico al recordar,
sobre todo ahora que mi papá lleva años sin estar.

Esos paseos a la playa nos hacían sentir amados y protegidos,
aunque eso sucediera casi todos los días en casa,
pero cuando eres niño, lo ves más claro jugando con las olas
y comiéndote un huevo duro mientras entierras a tu papá en la arena.