con la tranquilidad de poder cerrar los ojos si quiero, para respirar más hondo o para escuchar la letra de esa canción que tanto me gusta.
Me gusta saber que viajo lo suficientemente rápido como para no sufrir retrasos, y lo suficientemente lento como para apreciar el paisaje, aunque sea por un momento nada más.
Echo un vistazo a las casas al lado de la línea del tren, observo cómo viven las personas dentro de ellas, imagino sus vidas y sus conflictos, sus amores y sus fracasos, después de todo, la vida es igual para todos.
Pero el tiempo no me alcanza porque rápidamente aparece en mi ventana otra de esas casas y empiezo de nuevo el cuento.
Pero el tiempo no me alcanza porque rápidamente aparece en mi ventana otra de esas casas y empiezo de nuevo el cuento.
Me gusta viajar en tren, porque me gusta la versatilidad que la experiencia ofrece, a diferencia de viajar en avión, porque así puedo evitar largas horas de espera en el aeropuerto. A diferencia de viajar en auto también, porque reconozco que cada vez tengo menos paciencia para hacerlo.
Me gusta viajar en tren porque es un recordatorio de vivir el momento, reconocer que todo es pasajero: las ganas, las fuerzas, las personas, las etapas... Reconocer además que las apariencias no duran para siempre.
Viajar en tren me enseña que de nada sirve aferrarme y tener apegos y que se viaja mejor cuando se viaja ligero. A disfrutar el instante y revivirlo en mi mente, cuantas veces yo quiera, hasta que ese recuerdo vaya desvaneciéndose, porque todo se desvanece. Lo hicieron mi papá, mi primo, y le seguirán otros, incluso yo mismo cualquier día de estos.
Ahora tengo casi cuarenta años y hay cosas de mis veintes que no recuerdo, y está todo bien, hace mucho tiempo que mi tren pasó por esa estación y honestamente no deseo volver a ella.
Ahorita viajamos hacia Ottawa, y aunque deseo con ansias conocer esa ciudad, por ahora prefiero disfrutar este viaje porque recuerdo que lo importante es el viaje y no la meta, porque las metas ilusionan, pero son los viajes los que enamoran, y las personas que decidimos incluir en él.
A veces sorbo un trago de café, para agregarle sabor a esta memoria. Y entonces cuando tome café alguna otra vez, recordaré este viaje.
Espero viajar en tren muchas otras veces después de esta, pero al menos hoy, como hizo Andrómeda alguna vez, me entrego a este viaje, un viaje de otoño tricolor con sabor a café.