Desde la silla de madera en la sala,
veía su cuerpo suave danzar al ritmo de un piano y un violín,
que hacían el amor bellamente.
Era tan fácil para ella dar vuelta sobre sí,
mientras las puntas de sus dedos apuntaban hacia mí.
Por alguna razón que no logro entender,
yo veía todo en blanco y negro,
como una fotografía vieja.
Su pelo castaño oscuro y sus mallas ajustadas
provocaban en mí un deseo infinito,
deseo de rozarla como algodón,
deseo de respirarla.
Ella danzaba, pero era mi corazón el que se agitaba.
A veces su cuerpo entero acariciaba el suelo,
mientras yo la acariciaba a ella en mi mente,
como seda entre mis dedos.
No era un acto de perversión el mío,
era ternura y belleza,
era música y movimiento.
No era sexo lo que gritaba mi cuerpo,
era su nombre,
Alicia.

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