Nos
amábamos en las mañanas y en las noches también. A la hora del almuerzo la iba
a recoger para amarnos un rato más. Nos amábamos antes de la cena y después de
lavar los trastos. Así pasaron años, no sé cuántos. Planchábamos arrugas
amándonos. Fuimos siempre novios, aunque estuvimos casados cuarentaisiete años.
Cuando ella
enfermó y ya no se acordaba de mí, sólo yo la amaba y con eso nos bastó a los
dos. Cuando falleció, sólo la amé más. Amaba su recuerdo, el nuestro. Amaba
todo lo que fuimos. Cuando yo morí, la encontré de nuevo en esta casa, en una
esquina esperando por mí, lúcida como cuando la recogía del trabajo al medio
día.
No sé quién
vive aquí ahora, pero nosotros nos seguimos amando en el aire y entre las
paredes que ya no nos detienen. Fuimos libres siempre pero ahora ya el tiempo
no nos gobierna y nuestros cuerpos no se pudren.

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