miércoles, 15 de abril de 2026

Dos extraños


Hace poco di con una foto de hace más de cuarenta años. Era una foto de esas viejas delatadas por el color rojizo que antes develaban los rollos de cámaras fotográficas. En esa foto había dos personas extrañas, éramos mi mamá y yo. Y digo extrañas porque, a pesar de que somos nosotros, ya no somos los mismos. Él debe tener unos ocho meses de edad apenas. Cachetes grandes, labios gorditos, dedos con forma de tuquitos y una nariz que parece una copia a escala de la nariz de la persona que lo sostiene en brazos. Ella debe tener unos treinta y dos años si no me falla en cálculo. Pómulos pronunciados, orejas grandes, pelo negro, liso y brillante, con la mirada que sólo puede tener alguien que ha parido con dolor y que sostiene en sus brazos un pedazo no sólo de su cuerpo, sino de su alma. Los brazos de ella son capaces de envolver casi por completo el cuerpo pequeño del niño, no sé si puede haber mejor analogía de la vida. A un lado, una carreta de madera como esas del viejo oeste, aún envuelta en plástico, quizá para regalo, quizá para evitar que el polvo no la envejezca como a la foto o quizá sea sólo un adorno para la casa. Es como si esa carreta simbolizara el viaje que están a punto de empezar estas dos personas. Sorteando aventuras, cruzando tempestades, sintiendo la vida en carne viva. Ninguno de los dos sabe a este punto, que son un alma partida en dos. De niño, él será todo lo que ella esperaba que fuera, quizá más. De adulto, él es menos de lo que ella esperaba que fuera, aun así lo ama como a ninguno. De niño, él buscará refugio y protección en ella, entre sus brazos amplios y carnosos. De adulto, él la cobijará bajo su ala de pájaro fuerte y seguro. Ella no sabe aún que tendrá que derramar gruesas y amargas lágrimas por la creatura que ahora cuida entre sus brazos. Él no sabe que la lastimará como ningún otro, aún sin querer hacerlo. Dicen que los gemelos comparten un lazo sensible único. Las personas de la foto no saben que les ha tocado a ellos también compartir un lazo similar. Él crecerá temiendo siempre lo peor cada vez que ella no esté. Ella hará lo mismo, es parte esencial del instinto de mujer madre. Él crecerá velando los sueños de ella en la puerta de su habitación. Ella vivirá velando el bienestar de él en cada decisión. Él no se irá a dormir hasta que ella termine de lavar los trastos. Ella no se irá a dormir hasta que él entre por la puerta. Quizá sean criticados por otros por compartir la complicidad tan intrínseca que ninguno de los dos buscó y que sin embargo es imposible negar. Cuando ellos hablan es como si hablaran al viento, libres, sin ataduras ni expectativas, sin reclamos o rencores. Les resulta fácil hablar porque uno se reconoce en el otro, como si hablara uno con uno mismo. Ella no sabe aún que él será su mejor amigo. Él no sabe aún que todo nuevo esfuerzo tendrá un mejor sentido por ella. Él fue alumno primero y maestro después. Ella lo mismo, pero al revés. Él será ingeniero, por lo tanto, ella también lo será. Bien pudo haber sido médico, abogado o cualquier otra cosa, igual no hubiera cambiado nada entre ellos porque ellos son mucho más de lo que cada uno hizo con su vida.

En esa foto veo a dos extraños, dos personas que ya no existen, crecimos, aprendimos, nos amoldamos, cambiamos los roles, en fin, vivimos. Y lo mejor de todo es saber a nuestros setenta y cinco y cuarenta y tres años, que lo hicimos juntos.

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