Siento a veces que la modernidad,
el ritmo de la sociedad,
la ciudad, los carros, las bocinas,
los asuntos personales, la decisiones,
los compromisos, el diario vivir,
todos ellos se confabulan para joderme la vida,
y me asfixian entre todos,
el ritmo incesante de vivir cada día
es un taladro que perfora la tranquilidad.
Cuando fuimos niños nada de esto sucedía,
los días eran cortos y las noches largas,
a diferencia de hoy, que es todo lo contrario.
Llegamos a casa después de un largo día de trabajo,
esperando poder descansar para repetir la rutina
cuando amanezca otra vez.
Pero entre el trabajo y el descanso
hay que sacar tiempo para estudiar, amar,
conversar, cocinar, criar, en fin,
la vida se nos gasta llenando todos esos espacios
de tiempo con acciones y decisiones a cada instante.
Como en una batalla,
las decisiones vienen como balas,
algunas veces tratamos de esquivarlas,
y algunas otras hay que recibirlas.
De una forma u otra,
vamos tomando decisiones, sin saber exactamente
si son buenas o malas,
pero esperamos que el tiempo algún día
nos muestre sus verdaderos rostros.
Lo mas difícil de vivir con el sol,
es no poder darse uno mismo,
tener esa sensación de miedo constante,
que te hace dudar a cada paso.
Ese miedo te va carcomiendo el alma desde la orilla,
va uno postergando decisiones,
no por procrastinación, sino por indecisión,
decisiones que tarde o temprano tendrá uno que tomar,
o que quizá nunca llegue a tomar.
Ese juego de decisión-indecisión
es un sube y baja de emociones,
sentimientos de culpa se nos adhieren en los días,
y vamos haciendo de la vida,
no lo mejor posible,
sino solamente lo posible,
para poder salir aunque sea heridos pero con vida.
Si estuviera uno solo no habría problema,
pero allá afuera está el resto del mundo,
y del resto del mundo quienes importan:
siempre los amigos y la familia.
Las decisiones les afectan,
y las indecisiones también, quizá mas.
De la cuerda del egoísmo hay a veces que jalar
y a veces hay mas bien que soltar,
para poder encontrar el dichoso balance de la vida.
Vivir es una masa con tantas cosas adheridas a si,
que resulta difícil encontrar formas definidas.
Por fortuna a lo largo del camino están los otros
que se cruzan y que dan un poco de forma a la vida.
A ellos y por ellos doy gracias,
no me abandonen cada vez que tomo la decisión de la indecisión,
o menos aún, cuando me decido a decidirme.

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