Ya sabes lo despistado que puedo ser
a veces, o la mayor parte del tiempo.
No advierto que la luz del semáforo
ha cambiado a verde.
Me pongo en marcha luego de tres
segundos,
que debieron parecer tres horas para
el conductor detrás de mí,
por la forma en que se aferra a la
bocita de su carro,
y por su dedo acusador a través del
retrovisor.
Rebotan en mi parabrisas las incesantes
gotas de lluvia,
cientos de estrellas frente a mí a
medida que muere la tarde.
El mundo allá afuera es una locura
imparable,
llena de autos, ruidos, gentes,
charcos, humo, gritos y pitos,
como si no fuera suficiente ya con el
desbarajuste en mi cabeza.
Odiseo no tiene idea de lo que es
manejar por las calles de Heredia
a las 5pm en una tarde lluviosa de
viernes.
Itaca no parece tan lejana después
de todo…
Julio Verne tuvo que haber llamado a
su novela “Viaje a casa en viernes de quincena”.
Y cambiaría de lugar con Hércules
abordo del Argo sin dudarlo.
Y el conductor de atrás sigue
pitando, aunque no pueda avanzar.
Y la lluvia egoísta sigue cayendo,
aunque lleva horas haciéndolo.
Y sigo sentado en mi carro, aunque
ya me quiera bajar.
Y me lleva la puta con todo mundo,
aunque no tengan la culpa.
Y cuando la lluvia arrecia más
fuerte,
y cuando la tarde está en su tono más
gris,
entra tu llamada en mi teléfono,
y te imagino hablando con tu abundante
cuerpo tirado sobre la cama,
buscando tesoros escondidos en ese
juego que tanto te gusta,
y entonces ya nada importa,
sólo nosotros y las cobijas que
gritan nuestros nombres.
Ya voy de camino amor,
hoy preparo yo la cena…

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