viernes, 27 de octubre de 2017

Viernes



Llueve a cantaros esta tarde, y yo sin abrigo como siempre.
Ya sabes lo despistado que puedo ser a veces, o la mayor parte del tiempo.
No advierto que la luz del semáforo ha cambiado a verde.
Me pongo en marcha luego de tres segundos,
que debieron parecer tres horas para el conductor detrás de mí,
por la forma en que se aferra a la bocita de su carro,
y por su dedo acusador a través del retrovisor.

Rebotan en mi parabrisas las incesantes gotas de lluvia,
cientos de estrellas frente a mí a medida que muere la tarde.
El mundo allá afuera es una locura imparable,
llena de autos, ruidos, gentes, charcos, humo, gritos y pitos,
como si no fuera suficiente ya con el desbarajuste en mi cabeza.

Odiseo no tiene idea de lo que es manejar por las calles de Heredia
a las 5pm en una tarde lluviosa de viernes.
Itaca no parece tan lejana después de todo…
Julio Verne tuvo que haber llamado a su novela “Viaje a casa en viernes de quincena”.
Y cambiaría de lugar con Hércules abordo del Argo sin dudarlo.

Y el conductor de atrás sigue pitando, aunque no pueda avanzar.
Y la lluvia egoísta sigue cayendo, aunque lleva horas haciéndolo.
Y sigo sentado en mi carro, aunque ya me quiera bajar.
Y me lleva la puta con todo mundo, aunque no tengan la culpa.

Y cuando la lluvia arrecia más fuerte,
y cuando la tarde está en su tono más gris,
entra tu llamada en mi teléfono,
y te imagino hablando con tu abundante cuerpo tirado sobre la cama,
buscando tesoros escondidos en ese juego que tanto te gusta,
y entonces ya nada importa,
sólo nosotros y las cobijas que gritan nuestros nombres.

Ya voy de camino amor,
hoy preparo yo la cena…

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