Es
en tardes como esta que más recuerdo sus caricias,
era fácil sucumbir ante ellas,
es más, era imposible no hacerlo,
el frío es la excusa perfecta para dos cuerpos que se abrazan.
Yo ya existía sin sus besos pero existía mejor con ellos,
y no conocí realmente el calor hasta que dormí en su pecho.
Mis piernas tenían sentido sólo si las enredaba en las suyas,
y hasta mi nombre sonaba mejor en su boca.
Recuerdo que acostados en la cama,
con las puntas de los dedos jugábamos a dibujar figuras en el aire,
fue así que dimos vida a increíbles animales
y fantásticas creaturas marinas.
Escuchando la lluvia fue que pudimos guardar silencio
para escuchar lo que nuestros besos tenían que decir,
y así, los dejamos hablar por horas,
como hipnotizados por el ruido de las gotas al caer.
Es en tardes como esta que más recuerdo su gesto al sonreír,
sus pies fríos y sus muslos cálidos,
la suavidad de sus manos corriendo en mi pelo,
su respiración apenas perceptible.
Son tardes como esta las que con más rencor odio,
porque una vez fueron las que más amé,
las odio porque me abrazan sin dejarme ir,
pero sobre todo las odio porque me recuerdan a vos.

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