martes, 24 de agosto de 2021

Más cerca de casa

 


       

Tenía casi dos años de no ver un atardecer,
quizá un atardecer no sea mucho para alguien que vive su vida en libertad,
quizá sea una de esas cosas que simplemente suceden sin prestarles mucha atención,
como ir al supermercado o salir a la calle a caminar,
pero para quienes vivimos encerrados,
un atardecer es un oasis,
no sólo de las cosas que pasan aquí adentro,
sino de uno mismo también.

Así que ahí estaba yo, sentado,
esperando ese atardecer de Agosto,
quien me conoce sabe bien que me puedo perder fácilmente en un atardecer,
como se pierde una gota de lluvia en el océano,
o como pierde el cielo sus colores ante la noche.

Cuando la tarde comenzó poco a poco a morir,
a lo lejos,
comenzaron también poco a poco a nacer otras luces,
eran las luces amarillas de los postes de las calles,
y aún sentado ahí, pude viajar,
viajó mi mente mejor dicho,
para recordar aquellas giras largas con mi viejo.

A veces pasábamos una semana entera lejos de casa,
cómo extrañaba la comida de mi mama!
la extrañaba tanto como la extraño ahora,
como extraño también a mis hermanillos.

De regreso y a lo lejos,
habiendo cruzado casi por completo el Cerro de la Muerte,
las luces de Cartago nos anunciaban lo que tanto deseábamos saber:
ya estamos más cerca de casa.

Esas luces eran la esperanza del regreso,
eran el impulso que reavivaba nuestras cansadas fuerzas,
esas luces eran las ganas de un abrazo,
y de dormir en mi propia cama otra vez.

Hace dos años que estoy encerrado,
hace dos años que no duermo en mi cama,
y cada día es más el tiempo estando lejos,
pero es menos el tiempo para regresar,
y aunque siento nostalgia,
siento también algo rico en el pecho,
porque al ver estas luces tengo la certeza de saber
que estoy más cerca de casa.

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