Con cuarenta años ya, soy capaz de tener recuerdos de tiempos lejanos,
como la niñez o el primer beso.
Es entonces el tiempo como una bolsa donde voy guardando recuerdos.
Guardo caricias largas de cuerpos redondos.
La memoria de una mirada fijada en la mía en medio de la noche.
Guardo viajes, pies cansados y habitaciones de hotel.
Guardo el recuerdo de amigos que ya no están.
Guardo ruedas de bicicleta y asfalto.
Guardo bolas de fútbol y goles inolvidables.
Guardo carcajadas y también llanto desesperado.
Con cuarenta años ya, la bolsa del tiempo que cargo se ha vuelto pesada.
Tanto así, que por alguna esquina descosida se han escapado algunos eventos,
porque hay cosas que,
por más que intento,
ya no puedo recordar.
Guardo unos ojos azules y una piel blanca,
que le pertenecían a una cabeza de cabello rubio y acolochado.
Guardo travesuras y malas decisiones a granel.
Y a medida que envejezco, la bolsa se hace más grande,
y los recuerdos nuevos se van transformando en viejos,
mientras que crece la nostalgia alrededor de ellos.
Llegará el día en que mi mente no sea la misma,
y no pueda recurrir a los recuerdos en el fondo de la bolsa.
Pero mientras eso suceda,
seguiré creando recuerdos,
aun sabiendo que después no podré acudir a ellos.
Y si vivir se tratara de crear buenos recuerdos,
entonces puedo morir tranquilo cualquier día de estos.

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