Hace unos días andaba como loco por la casa buscando un cuaderno de apuntes viejo, ese que había empezado en el colegio y donde guardo los pensamientos absurdos de un adolescente jugando a escribir. Había buscado en los lugares más obvios en los que yo pensaba que podía estar, pero no estaba. Y es que a veces me toma algún tiempo darme cuenta que buscar cosas valiosas sin hacer mucho esfuerzo, sólo me hace perder el tiempo.
Así que busqué en los lugares que me daba más pereza buscar, porque eran los
más recónditos y los que ocupaban mayor esfuerzo. En la caja de chunches debajo
de la cama, arriba del armario, en los asientos de Pequeño Mundo que también
son cajas. Fue en una de ellas que me encontré con un pequeño frasco de
pastillas, que honestamente no recordaba de dónde había salido. Y es que a
veces, buscando una cosa, damos con otra diferente que nos fuerza a hacer una
pausa, como aquella vez que encontré el amor mientras buscaba una camisa en el
centro comercial.
Eran las pastillas de Chiquitolina del Chapulín Colorado, sí sí así como lo
oyen! Bueno al menos eso era lo que decía el frasco. ¿Cómo diablos llegó esto
aquí!? Cuando agité el frasco, noté que quedaba solamente una pastilla.
Suspendí mi búsqueda, que en ese momento ya no parecía tan importante. Me senté
y pensé por un rato qué hacer con la pastilla. Tomé valor y me la tomé
esperando no sé qué. Lo que sucedió después, nadie me lo va a creer. Van a
decir que se trata de alguna mentira (algún truco de video), pero sólo yo sé
que fue cierto. Porque me había reducido de tamaño, medía si acaso unos 15
centímetros.
Desde ahí abajo, todo se veía muy diferente, no sólo más grande sino, no sé...
diferente. Y es que a veces, basta con ver las cosas desde otra perspectiva
para tener una mejor idea de ellas.
Aproveché para rondar por los lugares de mi casa, la sala, la cocina, mi
cuarto. Me di cuenta que mi cama era un completo paraíso.
No estaba seguro de cuánto duraría el efecto de la pastilla así que quería
aprovechar el momento, Carpe diem que le llaman. No pensaba mucho en los
efectos que la pastilla podría causarle en mi cuerpo, no quería gastar el
tiempo en eso. Y es que a veces, hay que enfocarse en vivir el momento y no
dejarse amargar por la incertidumbre del futuro.
Se me ocurrió comer algo en ese estado, un tres leches gigante o un sándwich
monumental. No me juzguen, cualquier persona en mi lugar hubiera pensado lo
mismo. Pero no pude abrir la refrigeradora, por más que intenté, la puerta era
demasiado pesada para mi tamaño. Y es que a veces no basta con querer las
cosas, están más allá de nuestras fuerzas o de nuestra voluntad.
Habían pasado unos treinta minutos y yo seguía del tamaña de un muñeco de los
JI Joe, hasta que empecé a experimentar algo así como sintiendo que no estaba
sintiendo nada y recuperé mi tamaño normal.
Me sentí diminuto, incluso después de haber vuelto a la normalidad. Y entonces
entendí que mis complejos, mis deseos, mis problemas, mis preocupaciones, eran
todas diminutas también y que soy yo mismo quien a veces se vuelve pequeño ante
todas ellas.
Hasta el día de hoy, no sé de dónde salieron las pastillas, pero a veces es
así, no importa de dónde vienen las personas ni su pasado, lo que importa es
que ya están aquí.
Ahora me siento estúpido de haber necesitado las pastillas de Chiquitolina para
darme cuenta de todo esto. Y puede que no sea yo más noble que una lechuga, ni
más ágil que un ratón, pero ahora me gusta de vez en cuando hacerme pequeño,
guardar silencio y observar a mi alrededor, para escuchar a aquella pequeña
vos, que generalmente habla hinchada de razón y que sabe mejor que nadie, lo
que realmente busca el corazón.

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