Mi hermano Bryan era el niño más mezquino que he conocido. Él no sabía compartir un cinco partido por la mitad. Muchas veces fui yo la víctima de su mezquindad, cuando lo veía comer galletas o paquetes enteros de picaritas o bolitas de queso sin recibir casi ninguna de su parte.
Es por eso que me parece irónico que aquel niño egoísta sea ahora la persona más generosa que conozco y que para mí y para mis hermanos sea esa persona incondicional que a lo largo del tiempo ha demostrado ser.
Hace unas semanas tuve uno de los peores sueños que he tenido, sino el peor. Soñé que él había muerto. No sé si existe peor sensación en el mundo que perder a un hermano. Quise llamarlo de inmediato, decirle que lo amo y que ni se le ocurriera morirse pronto, pero eran las tres de la mañana y no quise molestarlo, así que mejor me puse a escribir.
Mi hermano fue mi primer amigo y mi primer enemigo también. Esa persona con la que jugué soldaditos, bolinchas, basket, en fin, tantas cosas. Y fue la persona con la que siempre peleaba, precisamente por jugar soldaditos, bolinchas, basket...
Esos niños crecieron y tuvimos nuestra última pelea cuando yo tenía 12 años y él 15. Después de aquel día, se nos olvidó cómo pelear. Creo que ambos decidimos, quizá sin saberlo, quedarnos sólo con la parte divertida de aquellos niños.
Hace años tuve un carro que me dio más problemas que alegrías. Varias veces me dejó botado en media calle. La primera persona a la que llamaba era a mi hermano, y él siempre venía al rescate.
Por azares de la vida, he ido deambulando de casa en casa, de barrio en barrio y cuando llega el día de la mudanza, el común denominador de todas esas veces ha sido mi hermano. Ayudándome a desarmar chuches, meterlos al carro y volverlos a armar en el nuevo lugar.
Si mi Tata estuviera vivo seguro diría que nunca me hice hombre, porque a la fecha no sé poner un clavo, arreglar una gaveta o reparar algo que se haya roto. Para todo eso siempre ha estado mi hermano Bryan. Mi casa está llena de sus habilidades y su voluntad.
Podría seguir hablando de todas las veces que mi hermano me ha ayudado para demostrar su incondicionalidad, pero no creo que sea necesario. A estas alturas muchos habrán recordado todas las veces que él los ha ayudado también.
A mi hermano le debo más de lo que él recuerda o tiene en mente. Le debo parte de quien soy. Lo admiro como a pocos. Digamos que, si la vida fuera una carrera, es claro que yo voy detrás. Por dicha no lo es, mucho menos entre nosotros.
No me cuesta trabajo alguno desgajarme hablando de mi hermano, no sólo porque esa maldita pesadilla me quitó el sueño, sino también y sobre todo, porque él lo merece.
Hoy, sólo una cosa me queda por decir: feliz cumpleaños mi hermanillo.
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