Hoy sí vendrá, de
seguro que sí, tiene la certeza, aunque quizá sea sólo que la esperanza se le
funde con el deseo, y está viendo zapatos de tacón color café donde no los hay.
Ha esperado en la estación del tren seis meses ya, los martes y jueves de 3pm a
6pm en Santelmo. Lunes, miércoles y viernes en Buenaventura de 4pm a 7pm. Algún
día tendrá que pasar por acá, se convence, es lo más lógico. Ya es capaz de
reconocer los rostros familiares de completos desconocidos. El hombre de
gabardina gris pasa los martes tomado de la mano de una chica evidentemente
menor que él. Los jueves pasa de la mano también, con una mujer muy cercana a
su edad, o al menos es lo que aparenta. Hay una madre soltera que pasa por acá
con su niño corriendo siempre detrás de ella, queriendo apurar el paso,
recogiendo los lápices de color que caen a su paso. Un hombre triste se sienta
los lunes a fumar un cigarro junto a su banca, siempre con la mirada caída, la
ropa mal planchada y los zapatos sucios.
Para estas alturas
conoce mejor que nadie la estación del tren, los horarios de limpieza son
siempre los mismos. Pero vale la pena, porque si ella vive en el interior,
tendrá que pasar por aquí cuando venga a la capital, por trabajo o por
completar algún trámite gubernamental, de esos que te obligan a subirte al tren
y lidiar con el ritmo de la ciudad. Tiene que pasar por aquí alguna vez, se
dice siempre para alimentar la esperanza. Aún si no trae los mismos zapatos
café, sabrá reconocer el ritmo de su andar, o la forma delicada en que mueve
sus caderas al caminar. La invitará a salir cuando la vea, después de un hola
claro. Se frecuentarán y poco a poco se enamorarán. Se casarán y si Dios quiere
tendrán hijos también. Se jubilarán y disfrutarán del tiempo libre y de sus
nietos. Tiene que pasar por aquí, está seguro.
Lo que no sabe
nuestro amigo, es que ella viaja a la capital todos los días, siempre en el
mismo bus.
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