Deseo la paz
mundial con la misma intensidad
con la que
deseo que un tren mágico
me lleve
desde la ventana de mi habitación
hasta la
tierra donde la muerte no existe,
donde los
conejos visten ropas y nos hablan,
y donde el
polvo de hadas nos provoca cosquillas.
Desde el
momento en que aprendemos a hablar,
aprendemos
también a pelear.
Quizá
nuestra mayor fortuna sería nunca empezar a hacerlo,
pero la
guerra vive en el corazón del hombre,
y estoy
seguro que encontraríamos nuevas formas para declararla,
si no es que
lo hemos hecho ya.
De niños
aprendemos a morder y pelear,
y de adultos
a mentir y manipular,
a hacer
berrinche hasta conseguir lo nuestro,
sea de niños
o sea de adultos.
¿que otro
fenómeno podría explicar tal desenlace
sino es
nuestra propia naturaleza?
A medida que
crecemos y vamos perdiendo la inocencia,
vamos
también convirtiéndonos
en los
monstruos a los que solíamos temer,
los
monstruos dentro de aquel armario,
ahora lejano.
Si entonces
nos hubiéramos atrevido a mirar debajo de la cama,
quizá
hubiéramos visto nuestro rostro envejecido.
La guerra
somos nosotros y nuestros monstruos paridos a través del tiempo.

No hay comentarios:
Publicar un comentario