jueves, 14 de agosto de 2014

De la Guerra



Deseo la paz mundial con la misma intensidad
con la que deseo que un tren mágico
me lleve desde la ventana de mi habitación
hasta la tierra donde la muerte no existe,
donde los conejos visten ropas y nos hablan,
y donde el polvo de hadas nos provoca cosquillas.

Desde el momento en que aprendemos a hablar,
aprendemos también a pelear.
Quizá nuestra mayor fortuna sería nunca empezar a hacerlo,
pero la guerra vive en el corazón del hombre,
y estoy seguro que encontraríamos nuevas formas para declararla,
si no es que lo hemos hecho ya.

De niños aprendemos a morder y pelear,
y de adultos a mentir y manipular,
a hacer berrinche hasta conseguir lo nuestro,
sea de niños o sea de adultos.
¿que otro fenómeno podría explicar tal desenlace
sino es nuestra propia naturaleza?

A medida que crecemos y vamos perdiendo la inocencia,
vamos también convirtiéndonos
en los monstruos a los que solíamos temer,
los monstruos dentro de aquel armario,
ahora lejano.
Si entonces nos hubiéramos atrevido a mirar debajo de la cama,
quizá hubiéramos visto nuestro rostro envejecido.

La guerra somos nosotros y nuestros monstruos paridos a través del tiempo.

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