viernes, 3 de enero de 2020

Dios debería morir



        


Sabemos que Dios es omnisciente, lo sabe todo. Además es omnipresente, osea que está en todos lados. La idea de poder saberlo todo y estar en todos los lugares al mismo tiempo, en cada cabeza de todo ser viviente en este planeta y todos los planetas desde antes del principio de los tiempos y por siempre jamás es una idea que la mente humana no es capaz de entender, es algo que sólo podemos aceptar. Es lógico entonces entender por qué nuestros pensamientos estén dirigidos a este ser Todo Poderoso. Es absurdo pensar que siendo Dios quien es y siendo nosotros quienes somos, no dediquemos una vida de adoración y peticiones constantes hasta el día de nuestra muerte.

A Dios pedimos que nos dé salud, que nos vaya bien en la entrevista de trabajo, que proteja a nuestros seres queridos, que nos llene de "bendiciones económicas", que nos dé la fuerzas para seguir, que nos ayude en el trabajo, que nos proteja en el viaje que haremos, que nos ayude en el examen, etc. Dios se ha convertido entonces en una especie de Santa Claus para todo el año y para toda ocasión, como un tarjeta de comodín en un juego de cartas. Pedirle a Dios es un acto de cobardía. Entonces pienso que Dios no bebería existir y si existe, debería morir. Dios nos hace mediocres. Entonces no es un Dios que nos ame. Qué padre le da a su hijo todo lo que pide? Qué padre conscientemente convierte a su hijo en un bueno para nada?

No estoy negando ni afirmando la existencia de Dios, no estoy tomando ningún bando. Creo que el Dios moderno debería morir por el bien de la humanidad. Sería un acto de amor propio si matamos a Dios de una vez por todas. Como individuos y como sociedad, no podemos seguir permitiendo que Dios se meta en todos los asuntos de la vida. Debe haber algo que podamos hacer por nuestra cuenta propia, porque si no lo hubiera, eso sólo desnudaría nuestra condición de títeres inservibles.

A este punto del artículo, más de una persona ya estará condenándome al infierno y tildándome de irreverente y ateo. Pero me permito aclarar: yo creo en Dios. Sólo que no creo en el mismo Dios que la mayoría. Me reúso a hacerlo. Dios no es mi Santa Claus personal. Si estoy donde estoy es por mí, no por Dios. Si tengo lo que tengo es por mí, no por Dios. Dios ya ha hecho su parte en todo esto. Dios me dio la vida, me permite respirar y caminar, me dio un cerebro que funciona medianamente bien, me permite ver, oler, sentir, pensar. Lo que yo haga con todos esos dones es asunto mío, así como es asunto de cada uno. Pedirle más ayuda a Dios sería como pedirle las respuestas del examen sólo porque no estudiamos. Agradezco a Dios lo que me da y no lo molesto más.

Es obvio entonces que mi idea de matar a Dios es un llamado a la conciencia para poder decir que debemos cambiar la idea que tenemos de Dios mismo. Matar a Dios significa tomar control y responsabilidad por nuestros actos, de lo que hacemos con nuestra vida, de las decisiones que tomamos, buenas o malas. Matar a Dios es demostrarle que no ha desperdiciado sus dones. Matar a Dios es agradecerle por todo.

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