De niño creía que dentro de la Luna vivía un
viejito de barba que despertaba en las noches para encender la luz de la Luna
con un interruptor. Creía que "mañana" era "ayer", así que
no era nada raro escucharme decir: "Vamos a ir de paseo ayer". No
tuve una crianza católica así que cuando mis amigos preguntaban: "usted
qué le pidió al niño?" yo no tenía idea de lo que estaban hablando. De
niño creía en la magia y me encantaba hacerlo. Por la televisión veía a David
Copperfield desaparecer un avión en medio aeropuerto y me parecía fenomenal. De
niño iba a robar confites al supermercado con un amigo que me enseñó todo lo
que tenía que saber sobre dicho arte y pensaba que robar confites era genial.
Creía que si uno se tragaba un chicle se iba haciendo una pelota de chicles en
el estómago, así que uno tenía una cantidad limitada de chicles que se podía
tragar. De niño creía que, si me comía una semilla de naranja, en el estómago
me iba a nacer un árbol. Creía que la granadilla eran mocos de vaca (mis
hermanos mayores tienen la culpa de eso). De niño creía que era adoptado,
porque era diferente a todos mis hermanos (culpa de mis hermanos también).
De niño solía creer muchas cosas, pero ninguna resultó ser cierta. La vida terminó demostrando que estaba equivocado en todo. En veinte años cambiaré el discurso por: "durante mis 30s creía que..." Y en cuarenta años lo mismo. Concluyo entonces: el tiempo desvanece todo, incluso en lo que creemos.
Pero si todo termina en nada, en qué vale la pena creer entonces?
Somos seres humanos, esa condición nos obliga a creer en algo, lo que sea! y es decisión de cada quien creer en lo que quiera: en Dios o el diablo, en el cielo, en Estados Unidos, en la pareja o los hijos, en la magia, en las palabras y las promesas, en los políticos o los pastores de iglesia (igualmente mentirosos ambos), en la Tierra, en las buenas intenciones, en la Madre, en la Biblia o el Corán, en el ejército, en Buda, Jesús o Mahoma.
Vale la pena creer en lo que decidamos creer, al menos mientras nos dure.
De niño solía creer muchas cosas, pero ninguna resultó ser cierta. La vida terminó demostrando que estaba equivocado en todo. En veinte años cambiaré el discurso por: "durante mis 30s creía que..." Y en cuarenta años lo mismo. Concluyo entonces: el tiempo desvanece todo, incluso en lo que creemos.
Pero si todo termina en nada, en qué vale la pena creer entonces?
Somos seres humanos, esa condición nos obliga a creer en algo, lo que sea! y es decisión de cada quien creer en lo que quiera: en Dios o el diablo, en el cielo, en Estados Unidos, en la pareja o los hijos, en la magia, en las palabras y las promesas, en los políticos o los pastores de iglesia (igualmente mentirosos ambos), en la Tierra, en las buenas intenciones, en la Madre, en la Biblia o el Corán, en el ejército, en Buda, Jesús o Mahoma.
Vale la pena creer en lo que decidamos creer, al menos mientras nos dure.
¿Cuáles cosas de las que creemos son ciertas y
cuáles no lo son? y ¿quién puede tener completa certeza de creer en algo
verdadero? ¿Acaso alguien se atreve a levantar la mano?
No quiero decir con todo esto que no vale la pena creer en algo, lo que quiero decir es que no debemos dar nada por enteramente cierto, ni creerse dueño de la verdad porque el tiempo y la vida nos puede demostrar lo contrario.
Es un ejercicio sano entonces cuestionar nuestras creencias y formas de pensar para asegurarnos que tienen aún vigencia. No deberíamos creer en algo solamente porque así nos enseñaron. No deberíamos hacer las cosas de cierta manera sólo porque siempre se ha hecho así. Por otro lado, no dejemos de aceptar nuevas creencias sólo porque nos llevaría mucho trabajo defender esas mismas creencias. Si vamos a creer en algo, que sea por convicción propia y si nos equivocamos no importa, al fin y al cabo, todos nos equivocamos porque nadie posee el "Título de Propiedad" sobre la Verdad.
No quiero decir con todo esto que no vale la pena creer en algo, lo que quiero decir es que no debemos dar nada por enteramente cierto, ni creerse dueño de la verdad porque el tiempo y la vida nos puede demostrar lo contrario.
Es un ejercicio sano entonces cuestionar nuestras creencias y formas de pensar para asegurarnos que tienen aún vigencia. No deberíamos creer en algo solamente porque así nos enseñaron. No deberíamos hacer las cosas de cierta manera sólo porque siempre se ha hecho así. Por otro lado, no dejemos de aceptar nuevas creencias sólo porque nos llevaría mucho trabajo defender esas mismas creencias. Si vamos a creer en algo, que sea por convicción propia y si nos equivocamos no importa, al fin y al cabo, todos nos equivocamos porque nadie posee el "Título de Propiedad" sobre la Verdad.


No hay comentarios:
Publicar un comentario