jueves, 23 de enero de 2020

De los sueños



        

Cuando se apagan las luces del cuarto y después de un rato,
es cuando se empieza a soñar.
Yo sueño poco y cuando lo hago no siempre recuerdo el sueño.
Esta semana por ejemplo, soñé con mi padre,
intercambiamos algunas palabras,
le di un beso y le dije que lo esperaba a desayunar en la mañana.
Él se fue en su camioneta morada prometiendo regresar.
Es apenas la segunda o tercera vez que sueño con mi padre desde que murió,
y quiero creer en su promesa,
creer que volverá,
sólo espero poder recordar.

Así son los sueños,
son promesas infinitas de vidas escondidas.
Son amantes que prometen sin compromiso regresar.
Son cometas que iluminan dormitorios.
Son el eco del universo estornudando.
Son migajas de magia que caen de la mesa de algún Dios.


Los sueños son la realidad de lo que no existe,
el viento que no despeina,
la lluvia que no moja,
la mano que no siente.


Por eso no puedo perderme en los sueños,
si bien sé que sus ojos no me miran,
y que su voz no dice mi nombre,
y que mi padre no vendrá a desayunar.

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