Clases particulares de guitarra,
era la excusa perfecta,
y con eso bastó para que vinieras a mi casa,
lo que seguiría después ni yo pude preverlo.
Eras entonces una mujer hermosa,
sin ser mi tipo exactamente,
fina y tierna,
de esas mujeres que puedes observar durante horas sin parpadear siquiera.
Y sentada en la orilla de mi cama,
empezaste a acariciar aquellas cuerdas,
mientras me acariciabas también sin tocarme,
porque yo estaba sumergido en vos,
extasiado en las notas que nacían de vos,
entre tus manos y tu pecho.
Y entonces lo supe sin tener que decirlo,
me estaba enamorando de vos,
pero no de tu pelo o tu falda,
sino vos realmente.
No hemos vuelto a vernos desde entonces,
aunque hice tuya aquella canción
y escribí para vos aquel poema
que nunca te mostré
y que aún guardo en algún lugar perdido de mi habitación.
Te llamabas Andrea entonces,
y ya no vistes de falta ni te pintas los labios,
pero te juro que no me importa,
porque era tu corazón quien tocaba aquella guitarra,
y era el mío que escuchaba.

No hay comentarios:
Publicar un comentario