Me despierto,
es entonces que abro los ojos,
el dolor de cabeza me recuerda lo que hice ayer
y a que horas he regresado hoy.
Cierro los ojos y extiendo las manos,
creyendo que así se hará más leve la resaca.
El día se me escapó de la vida, por que nunca lo vi pasar,
me duermo de noche y de noche despierto.
Recuerdo que hoy es noche de Trova en el bar,
por desayuno un café y me entrego a la labor.
Después de un rato, descalzo y con frío camino al baño,
los mejores diez minutos de cuando estoy en casa.
Guitarra al hombro salgo a la calle,
en el bus no hago mas que mirar por la ventana
sin saber, ni mucho menos importarme que la gente me mira.
Creo reconocer a alguien hasta el frente,
pero una segunda mirada me niega la posibilidad de una conversación.
Llega mi parada y me levanto incómodo.
Sorteando un mar de gente, repartiendo disculpas y recibiendo miradas,
logro llegar a la puerta trasera del bus.
Camino por un rato solo para volver a repetir la aventura.
Llega la noche y por fin la hora de la tarima,
si así se le puede llamar a ese rincón con banquito.
Las mariposas siempre revolotean por mas que se ha estado ahí antes.
Comienzo mi rutina, entre coros, chiflidos y el ruido de la calle,
logro reconocer una cara antigua,
ya una vez había mirado esos ojos,
y hasta me parece que esa boca jugó alguna vez con la mía.
Con empeño renovado acaricio mi guitarra,
dejando entrever que tengo manos expertas en el arte del roce.
Apurado, derramo el último acorde,
alguno que otro aplauso y heredo mi lugar.
Es entonces que como agua entre los dedos me escurro hacia ella,
mis ojos como una ventosa se fijan en los suyos y recito un beso (en la mejilla).
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