Quien ve a
Ana diría que miles de ráfagas cargadas de pasado golpean su cabeza, sin
embargo, su mente está en blanco y su rostro también, como una nube en un día
soleado, como blancas quedan las páginas de los miles de libros que nunca se
escribieron.
Inmóvil,
con un puñado de papeles en sus manos y de pie frente a su casa, Ana ha quedado
atrapada en la infinita inmensidad de ese instante y el mundo la contempla. A
lo lejos, el sonido de un timbre la trae de regreso, hay niños en la calle
jugando ya y para todos por igual, el día será un segundo más largo hoy.
Ana no lo
sabe porque no lo nota, pero su caminar de regreso al interior de la casa es perturbador,
como el boxeador desorientado que vuelve a su esquina. Cierra la puerta detrás
suyo y se sienta en el banco del comedor. Ahora en sus manos descansa aquel
pedazo de papel que es mas que un pedazo de papel, es vida y es muerte, es risa
y es llanto, es esperanza y es olvido.

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