En medio del café de la tarde preguntaste:
-
Qué pensás
de mí?
Te miré con sorpresa y en silencio por un par
de segundos.
-
Querés que
sea sincero o amable?
-
Sincero
por supuesto, dijiste.
-
Bueno,
pero no acepto reclamos después.
No sé quién sos vos, te conozco muy poco para
aventurarme a decirlo. Aunque hay algo que
es inevitable de notar en vos y es esa cierta energía como un imán, no sé, una
fuerza de gravitación más fuerte de lo usual. Hay cierto encanto en tu mirada,
en la forma que caminas, como ríes, en la simpleza de tus gestos. Tenés algo
que hace a los demás querer estar en tu orbita, no importa si es en Mercurio o en
Plutón. Uno simplemente quiere estar cerca de vos, para ser a quien entregas
tus besos o para ser quien te vende lotería, no importa, lo que importa es ser
parte de vos de alguna forma, de tu historia, de tu día. Incluso hasta
compartir, por qué no, alguna anécdota.
Yo, debo admitir, he querido ser parte de esa
historia, de tu historia, así, de lejos… y con eso me he conformado. Lo que yo
quisiera se sale de la pregunta que hiciste.
Es una suerte para mí que hubieras preguntado:
-
Qué pensás
de mí?
Y no:
-
Cuándo
pensás en mí?
porque hubiera tenido que responder que todo el
tiempo.
Cuando pienso en las cosas que cuatro palabras
y un signo de interrogación pueden desatar,
y un signo de interrogación pueden desatar,
o en el mundo que un par de ojos claros pueden
encerrar,
o en las pasiones que un cuerpo puede evocar,
pienso en vos y en la fortuna de ser parte de
este momento y este café.

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